Jóvenes de la diócesis participaron en el Encuentro de la Juventud CON#ALEGRÍA

Nuestro obispo, Santiago Gómez, profundizó, en una catequesis que se vio interrumpida momentáneamente por un corte de luz, sobre el sentido de la alegría cristiana y la necesidad de contagiarla.

Un encuentro vivido en modalidad de semipresencialidad, la mañana del pasado sábado 8 de mayo. Rocío Fernández, joven de Trigueros, nos cuenta cómo transcurrió la jornada.

Después de tanto tiempo “conectándonos” como parroquias y grupos a través de internet debido a las restricciones, poder tener un encuentro semipresencial fue todo un regalo. Terminamos “contagiados”, sí, pero de todo aquello que necesitábamos y echábamos de menos, de pilas recargadas en la fe, de amor al otro y de sentirnos cerca de Él.

Sentir que hay más jóvenes como nosotros a través de sus propios testimonios de vida nos dio la fuerza necesaria para recoger todos los dones del Espíritu Santo y poder salir afuera, a seguir moviéndonos a contracorriente, a evangelizar y seguir contagiando esa alegría tan característica de los jóvenes cristianos. 

Todos hemos salido contentos, llenos, y con valoraciones muy positivas del Encuentro. A pesar de los pequeños contratiempos (las pausas por el corte de luz o las pausas para estar todos listos) todo salió redondo y pasó el tiempo volando. Parecía que estuviéramos más cerca de lo que nos encontrábamos. El juego del Escape Room fue genial, ideas nuevas e innovadoras, una forma muy guay de relacionarnos y de crecimiento personal. Los testimonios fueron claves, cada uno supo trasladar una idea muy fuerte y que calase en nosotros, creemos que escuchar una vivencia propia hace sentirnos más cerca los unos de los otros. Se nota el esfuerzo que hay detrás, las ganas, y el trabajo constante por sentirnos una Pastoral Joven unida. Ojalá pronto nos contagiemos cara a cara.

Uno de los momentos más especiales del encuentro fueron los testimonios de algunos jóvenes, todos igualmente interesantes. Compartimos el testimonio de José María García, un joven de La Palma del Condado que compartió su experiencia de enfermedad vivida en clave de fe:

Me dispongo a contaros mi testimonio, que se ha convertido para mí en una experiencia personal, sobre todo en convicción y seguridad de que Dios existe, está presente en mí y en todos mis hermanos.

Recuerdo no hace más de dos años, en el mes de agosto, como llegó a mi vida una de las noticias más temidas, la detección de un Cáncer de tipo linfático que afecta al sistema de defensa del cuerpo humano.

Ante esta desagradable noticia, recuerdo como reaccioné con amor y misericordia. Desde el minuto uno supe que esa era mi nueva cruz, me agarré a Dios y le supliqué que se hiciese su voluntad, provocando en mí una sonrisa. Sentía paz, tranquilidad, seguridad, optimismo y sobre todo mucha fe. Sabía que Dios estaba a mi lado y sentía orgullo de afrontar de aquella manera la noticia, sobre todo cuando miras a tus padres y ves como lloran, parecían faltos de fe y esperanza.

Entre tanto alboroto tuve que ser fuerte para comunicar la noticia a familiares y amigos, de los cuales no dejé de recibir apoyo en ningún momento, se involucraron tanto conmigo que hicieron que mi lucha fuera diferente. Un día, mi mejor amiga me ofreció algo que cambiaría mi vida, el participar en un grupo de oración al Santísimo Sacramento que se lleva a cabo en mi parroquia, ofrecimiento que acogí con gratitud y agradecimiento puesto que era lo que necesitaba en ese momento.

En el sagrario sentía calor, fuerza, motivación, apoyo, alegría y amor, tanto es así, que me enganché de tal manera que fue mi “droga” semanal para hacer frente a la lucha que seguía estando presente. Era un momento de diálogo personal y profundo con Dios, donde le hablaba y me contestaba, lloraba y me abrazaba, pedía para que me diese fuera y el me daba la vida. Me enamoré aún más de Dios y desde aquel momento mi carga era ligera porque yo estaba en sus manos, solo tenía que entregarme a él. La fuerza que me daba Dios y las muchas oraciones, hicieron que un día, como otro cualquiera de rutina hospitalaria, se convirtiera en el mejor día de mi vida. Justo me daban la noticia más esperada y deseada por todos, la curación absoluta de ese cáncer, que más que enfermedad fue un escalón en mi vida que no me paró, sino me relanzó en lo más importante que puedo tener conmigo, mi relación estrecha con Dios.

Recuerdo ese día con mi madre como me invadían un sentimiento de paz y tranquilidad que ni ella podía entender, pero yo sabía que esa sensación no era algo propio, puesto que la noticia que iba a escucha era inquietante, esa tranquilidad que sentía venia de Dios, sabía que estaba conmigo. Así lo sentía, lo acogía y transmitía a mi entorno, sin que mi madre, con cara de sorprendida, entendiese y cuestionase.

Desde ese momento solo puedo dar gracias a Dios y a todas las personas que me apoyaron, pues en ellas veía la gracia de Dios, en especial a mi amiga y a toda su familia que me ayudaron, animaron y abrieron las puertas a conocer las maravillas del señor.

Esta experiencia me ha enseñado que si pones a Dios en tu vida no existen los problemas, aceptando la cruz y acogiendo su voluntad con amor, conseguiremos la plena felicidad y alegría del Señor.

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