«Dios no hace distinción de personas», comentario al Evangelio del VI Domingo de Pascua – B

Foto: Detalle de La despedida de Cristo a sus apóstoles. Duccio di Buoninsegna (1308-1311). Museo dell’Opera del Duomo, Siena (Italia)

Las lecturas de este Domingo VI de Pascua tiene mucho de lo fundamental de nuestra fe: el amor de Dios al hombre. Ciertamente, el amor del Padre nos llega de manera siempre novedosa a través del Hijo (Jn 15,9-17) y se transmite y manifiesta a través del amor entre los hermanos (1Jn 4,7-10). Se trata de pasar del «como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» al «amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios». En otras palabras, de la teología y cristología a la ética y la vida en comunidad. Para acercarnos al misterio del amor de un Dios que no hace distinción de personas os propongo que nos contemplemos un pequeño gesto, cargado de amor a Dios y amor al prójimo.

El pasado 23 de abril, festividad de San Jorge, el Papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio) visitó a las personas necesitadas que habían sido acogidas y acompañadas por algunas asociaciones y congregaciones de Roma –entre ellas las Misioneras de la Caridad, las de la Madre Teresa de Calculta− para a ser vacunadas en el Vaticano de Covid-19, ya de la segunda dosis. Fue acompañado por Konrad Krajewski, polaco, actual limosnero del Papa. Quizás el cargo de limosnero no signifique nada para algunos, pero recordar que Fray Leopoldo fue fraile limosnero pone de manifiesto el bien que se puede llegar a hacer de manera humilde, sencilla y silenciosa, ¿puede el bien ser soberbio, complicado y ruidoso?

El limosnero del Papa, le presentó a un niño. El Papa se acercó al pequeño que permanecía sentado y Konrad Krajewski, quien lo conocía bien, seguramente sabía su nombre y el de su madre que acudió a ser vacunada, le explicó: “Santidad, está descansado porque se acaba de comer un helado”. La vida tiene mucho de eso, de cosas sencillas y grandes personas, ¿es importante que sean polacos, argentinos o de Alpandeire?

El fruto de aquel encuentro no es la vacuna, que seguramente tendrá un efecto limitado y antes o después, de una forma u otra será necesaria una nueva dosis o cualquier otro medicamento. El fruto que dura, no olvidemos las palabras de Jesús en el evangelio de este Domingo, «soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure», es el amor. ¿El amor es la causa o la consecuencia? El amor es la causa, es decir, el fundamento de nuestras ideas y nuestras acciones; el amor es la consecuencia, es decir, el resultado de lo que creemos y de nuestro seguimiento de Jesús. El mandato de Jesús es claro «que os améis unos a otros», de tal manera, que Dios que es amor no hace distinción de personas (Hch 10,34), mientras que el hombre, a veces y por desgracia, divide, separa, discrimina y excluye.

Volviendo al encuentro del Papa, es posible afirmar que no se han vacunado todos, pero sí algunos y eso es ya mucho. Al menos son mil doscientas dosis y una única razón para la esperanza. Confío en que la lucha por la justicia y la denuncia social, previas y tan necesarias como este gesto, lleguen a eliminar la diferencia entre unos pocos cargados de innecesarias riquezas y muchos necesitados, no solo de alimento. No todos se habrán podido comer un helado, pero sí aquel niño y para él, sin duda alguna, aquella pequeña copa tendrá siempre sabor a victoria. Esta es parte de la gloria silenciosa de Dios, que se manifestó en el rostro tierno de Jesús, Niño en Belén, porque nuestro Dios, no lo olvidemos nunca, no hace distinción de personas.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector electo del Seminario Diocesano de Huelva

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