«Caminar, aunque no brille tu estrella», comentario al Evangelio del V Domingo de Pascua – B

Foto: La Santa Vid. Copia de un icono ortodoxo alegórico de Jesucristo como la Vid verdadera (original del siglo XVI).

Las lecturas de este Domingo V de Pascua contienen una de las imágenes más sugerentes y evocativas de la experiencia cristiana: el camino. En el libro de Hechos, los cristianos son definidos como «los del camino» y el seguimiento de Jesús como «el camino» (cf. Hch 19,23; 22,4; 24,14.22). No es de extrañar que Lucas, autor de Hechos y conocedor de las Escrituras de Israel, recogiese esta imagen en continuidad con el pueblo hebreo, que peregrinó en el desierto como camino salvífico. Veamos, a continuación, algunos elementos de las lecturas de este Domingo.

El evangelio (Jn 15,1-8) comienza con uno de los «yo soy» propios de Juan: «Yo soy la vid». En efecto, a modo de estribillo, Jesús repite «yo soy» como parte de la revelación de Dios al mundo: el pan de la vida (Jn 6,32-35); la luz del mundo (Jn 8,12; 9,5); la puerta y el Buen Pastor (Jn 10,11.14); la resurrección y la vida (Jn 11,25); el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). El Jesús joánico, que no recurre a las parábolas como en los sinópticos, se muestra de esta manera explícita y evocativa; en continuidad con el Primer Testamento y como Buena Noticia para sus discípulos.

La metáfora de la vid no es nueva en los textos bíblicos (cf. Is 5; Ez 19,10-13), como tampoco es nueva la revelación de Dios indicando «Yo soy» (cf. Éx 32,13-18). La particularidad se encuentra en la presentación que hace Jesús de sí mismo, que subraya la importancia de «permanecer», empleando un verbo muy apreciado en la teología joánica, utilizado hasta en cuarenta ocasiones. Fuera de Jesús, los sarmientos no dan fruto; fuera del camino, la semilla no brota.

La condición humana, en su fragilidad y grandeza, se muestra en los miedos de los discípulos al acoger a Pablo (Hch 9,26), porque el recuerdo de Saulo, que perseguía a los seguidores de Jesús y a Jesús mismo, sigue todavía muy vivo (cf. Hch 8,1). La grandeza se recuerda en el final de la primera lectura de este Domingo: «la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo» (Hch 9,3). De esta manera, tan idealizada como real, se propone a los creyentes de cualquier época la urgente necesidad de construir el camino para seguir caminando, aunque a veces las estrellas alumbren poco.

Ser hijo de Dios, que es luz, significa «caminar como Cristo ha caminado» (lJn 2,6), siguiendo a Jesús que, revelador de Dios-luz, ha dicho de sí “yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12; 9,5). En la vida de los creyentes es posible pensar que cada uno tenemos una estrella y que cuando esta no resplandece no es posible caminar, porque su brillo llega con un retraso de varios años luz. Sin embargo, es necesario pasar de «mi estrella» a «nuestra Luz»; de «mi mundo o mi camino» al «Yo soy la luz del mundo». ¿Cómo va a faltar la luz al caminar si Jesús es camino y luz del mundo? ¿Cómo van a dejar de crecer los sarmientos si Jesús es la vida y la vid?

La Iglesia tiene mucho de caminante, de peregrina, de luz y de resurrección. Tal vez todo sea vida, porque el amor es vida y la vida está siempre en camino. Aunque haya un día en el que no brille tu estrella, no dejes de caminar: porque el Sol nace siempre −y para todos− desde lo Alto; porque un Niño irá, también hoy, delante del Señor a preparar sus caminos; porque la luz nos visitará de lo Alto y nuestros pasos serán guiados por el camino de la paz (Lc 1,76-79). Camina, aunque no brille tu estrella, porque Jesús es la luz, es el camino, es la vida y, en las lecturas de este Domingo, es también la vid.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector electo del Seminario Diocesano de Huelva

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