«El destierro es el camino; el retorno la esperanza», comentario a las lecturas del IV Domingo de Cuaresma – B

Foto: Moisés y la serpiente de bronce en el desierto, Miguel Ángel Buonarroti. (1508 -1512), Cúpula de la Capilla Sixtina, Vaticano

Las lecturas de este domingo IV de Cuaresma ponen de manifiesto la alternancia entre las manifestaciones y actuaciones de Dios en la historia de la salvación y la infidelidad y distanciamiento del hombre como respuesta.

La primera lectura (2Crón 36,14-16.19-23) ofrece, en el último capítulo del libro, un breve y rápido resumen de los acontecimientos vividos desde la muerte de Josías hasta el exilio de Babilonia. Al omitir algunos elementos, se pone de relieve la consideración del exilio como un hecho trágico, pero ya concluido y lejano en el tiempo. Se trata de un recuerdo, y como tal sirve para pasar las cosas por el corazón. El verbo «recordar» viene del latín y está formado por el prefijo «re-» (de nuevo) y «cordis» (corazón). Recordar quiere decir mucho más que tener a alguien o algo presente en la memoria. Significa «volver a pasar por el corazón». El edicto de Ciro, recordado precisamente al final del libro, abre a Israel a una nueva esperanza, paradigma de las nuevas esperanzas del creyente. Aunque el pasado se presente roto, es decir, incompleto, en realidad nunca estuvo entero del todo: Dios nunca abandona a su pueblo, ni siquiera en los momentos más difíciles.

El final de la primera lectura (2Crón 36,22-23) contiene una versión, probablemente retocada, del edicto de Ciro, con el que el rey de Persia (538 a.C.) permitió la vuelta a Jerusalén de los judíos deserrados. Un rey pagano puede ser enviado por Dios, al igual que el pueblo de Dios puede responder con infidelidad o falta de compromiso a su propia vocación. El edicto de Ciro no presenta el comienzo de una fatigosa tarea de reconstrucción (cf. Esd 1,1-4), sino el grito de triunfo y de liberación. Ese grito, en medio del camino cuaresmal, se producirá en forma de pregón en la celebración de la Pascua, cuando exulten los coros de los ángeles, goce la tierra y se alegre nuestra madre, la Iglesia, al proclamar que Cristo ha vencido a la muerte.

En el evangelio (Jn 3,14-21) Juan subraya que la acción de Dios salva, no condena ni destruye. Jesús vino −más bien habría que decir, sigue viniendo− para dar vida en plenitud a quienes estén dispuestos a aceptarla (Jn 10,10). La reacción ante Jesús y su misión, siempre desde la libertad de la persona, determina el juicio: «El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado». Sin embargo, ni siquiera las palabras de juicio significan, desde la perspectiva del Dios-Amor, una sentencia de condena, sino una nueva oportunidad de conversión. Dios no quiere que perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Es por eso que «el amor es una actividad, no un efecto pasivo» (Erich Fromm), que requiere de la conversión, no como punto de partida puesto que el Amor de Dios es gratuito, sino como respuesta creyente, fiel y comprometida: con Dios, con el prójimo, con nosotros mismos.

La Cuaresma se representa como una oportunidad de conversión, una ocasión de cuarenta días para recordar el amor primero (cf. Ap 2,4-5). Al volver a pasar por el corazón el exilio suena con fuerza el regreso y la esperanza del pueblo (primera lectura). Al volver la mirada sobre Moisés y el desierto se puede destacar la cruz de Cristo, que constituye el paso del hombre de las tinieblas a la luz (evangelio).

En esta Cuaresma es necesario contemplar el pasado con ojos creyentes, recogiendo la experiencia y la fe de nuestros mayores: «podemos buscar juntos la verdad en el diálogo, en la conversación reposada o en la discusión apasionada. Es un camino perseverante, hecho también de silencios y de sufrimientos, capaz de recoger con paciencia la larga experiencia de las personas y de los pueblos» (Fratelli Tutti, 50). En este camino cuaresmal se oye el silencio elocuente de un pueblo que regresa del destierro, de Dios que sigue siendo fiel a sus promesas y de la humanidad que, a pesar de sus distanciamientos, regresa continuamente a Quien da vida en plenitud.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y párroco de San Juan del Puerto

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