Tierra Esperanza celebra en Aracena sus treinta años de andadura

La comunidad Tierra Esperanza, acompañada de amigos y personas cercanas, dará gracias a Dios por sus treinta años de existencia, veinticuatro de presencia en la sierra de Aracena, con una vigilia de oración en la capilla de la hospedería Reina de los Ángeles de Aracena, este sábado, 3 de septiembre, a las 19.30 h., y con una Eucaristía presidida por nuestro Obispo, ya el domingo a las 12.00 h., en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de la localidad serrana.

Esta sencilla realidad eclesial situada en el corazón de la sierra está formada por una familia de familias: dos matimonios, con 3 y 4 hijos, y dos solteros; animada por el diácono permanente, Pedro A. Barranco. Una comunidad eminentemente laical que, inserta en el Pueblo de Dios que peregrina en nuestra sierra, vive queriendo mostrar sencillamente la fuerza del Evangelio, disponible para servir donde la Iglesia le envíe.

El primer germen comunitario, allá por el año 1986, surge en el barrio sevillano de Pino Montano, desde donde trabajaban en distintas parroquias, como educadores de un movimiento de scouts, en grupos de alfabetización, cáritas, prevención de drogas, etc., en zonas deprimidas de Sevilla. En esos momentos empieza este grupo de jóvenes inquietos a ensayar la vida comunitaria a la luz del Evangelio, abriendo nuevos caminos y poniendo mucho entusiasmo y dedicación, a pesar de las dificultades propias de todo comienzo.

El deseo de poner más vida y generosidad les lleva hasta Aracena donde, en medio de un precioso paraje junto a la Fuente del Rey, acampan (literalmente) los primeros meses y comienzan a construir un espacio para la fraternidad y la acogida, un hogar construido con mucha esperanza, una tierra para la esperanza. Era el verano de 1992 cuando llegaron a esta tierra para quedarse definitivamente y hacerse un hueco en el corazón de los serranos, a la par que éstos entraban en el suyo.

La familia ha ido creciendo, en hijos y generosidad, haciendo de aquel espacio un lugar de acogida a la que llegan grupos y personas que sienten como un don y gracia permanente de la Providencia de Dios. Desde ese «abrir las puertas» a todos, experimentan el dolor y las heridas de muchos que buscan reposar, ser escuchados, rezar, descansar… universalizando su experiencia de fraternidad y haciendo posible que aquel que llegue encuentre allí una verdadera familia.

La oración, al comenzar y concluir el día, tejiendo la vida comunitaria; el trabajo de cada día, para el mantenimiento de la tierra, la subsistencia y para ampliar la capacidad de acogida; la disponibilidad a la Iglesia que les ha llevado a desarrollar un amplio servicio pastoral y de acompañamiento a numerosas parroquias de la zona, en medio de la difcultad que conlleva el mundo rural; y la vida de familia, con el cuidado responsable del matrimonio y los hijos…; todo esto, llena de cotidianeidad su experiencia evangélica.

Abiertos a cuanto Dios siga soplando en sus vidas, esta comunidad sigue siendo una gracia para nuestra diócesis, por medio de la que esperamos que, por muchos años más, siga sembrándose el Evangelio en nuestra tierra y sean bendecido por Dios los frutos de dicha siembra. Felicidades.

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