Diez años de la consagración episcopal de nuestro obispo, Santiago Gómez Sierra

Es una ocasión para orar especialmente por nuestro Obispo, legítimo sucesor de los apóstoles por institución divina,  y agradecer  a Dios el don de un pastor que haga visible, en medio de su pueblo, al mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, actuando en su nombre.

Las campanas de la Catedral de Sevilla repicaban a gloria al mediodía del 26 de febrero de 2011. Comenzaba la procesión de entrada que daba inicio a la ceremonia de Consagración Episcopal del nuevo Obispo Titular de Vergí y Auxiliar de Sevilla, Mons. Santiago Gómez Sierra. Diez años más tarde, la Diócesis de Huelva conmemora el aniversario de la consagración de quien es, desde el 15 de junio del pasado año, su nuevo Obispo. Se trata, pues de una ocasión especial para orar por D. Santiago, quien, como expresa el catecismo de la Iglesia, es “legítimo sucesor de los apóstoles por institución divina” en estas tierras, y agradecer a Dios el don de un pastor que haga visible, en medio de su pueblo, al mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, actuando en su nombre.

Un pastor para nuestra Iglesia

D. Santiago Gómez había sido nombrado obispo el 18 de diciembre de 2010 por el papa Benedicto XVI, de quien quiso dejar memoria en su propio emblema episcopal situando la venera de peregrino compostelano –que el propio Papa emérito lleva en su escudo– en la parte inferior, alusión también a su patrón Santiago Apóstol de quien de este modo invoca permanentemente su intercesión.

Y quiso la Providencia que, precisamente, un 25 de julio, solemnidad del santo patrón de España, tomara posesión de esta diócesis de Huelva a la que, tras unos meses como pastor, lleva ya en su corazón.

En el mensaje que con ocasión de su nombramiento como Obispo de Huelva dirigió a sus nuevos diocesanos, hacía suyas las palabras de San Juan Pablo II en la Novo Milenio Ineunte (n. 29): “El programa ya existe. Es el de siempre (…) Se centra en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (NMI, 29). Y este quiere ser su particular programa para un pontificado que ha iniciado en medio de esta pandemia, situación que abre nuevos retos a nuestra Iglesia que, con la ayuda del Espíritu Santo, con nuevo ardor quiere pastorear como “testigo de la persona de Jesús, junto a quien permanecemos toda la vida como discípulos aprendiendo el camino del amor”, tal y como expresara en su toma de posesión.

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