Entrevista a Juanma Arija, capellán del hospital Vázquez Díaz

“Si generamos 
una cultura y una 
visión nuevas, 
saldremos muy 
fortalecidos”

P: Ahora mismo, y más por el grado de exposición, en los centros hospitalarios todas las precauciones son pocas, ¿no es así?

R: Así es. Las precauciones hay que tomarlas con extrema seriedad. Aunque los protocolos marcan muchas indicaciones, la realidad es que en la práctica no hay tantos medios como para que los protocolos funcionen. Por eso hay que extremar mucho las medidas de seguridad. Son tiempos muy complicados que nos han descabalado completamente a todos. En nuestro caso, el de los capellanes hospitalarios, como el acceso a las habitaciones es un poco más complicado y carecemos de suficiente material, estamos atendiendo la mayoría de los casos por teléfono. Como en cada habitación hay una línea telefónica, cuando se abren las líneas para poder usar a nivel público hacemos una tanda diaria para hablar con los pacientes, aunque muchas veces no se puede por la gravedad, pero hablamos también con los familiares. Todos agradecen  mucho la llamada, tengamos en cuenta que ahora no reciben tantas visitas… Esperan una palabra de aliento o un abrazo, aunque sea virtual, y así es un modo muy sencillo, y también muy útil, de estar presentes y de ponernos a su disposición en lo que necesiten. Por ejemplo, alguna vez me han llamado para impartir alguna  unción y he asistido con todas las medidas de seguridad.

En cada habitación se ha colocado una hoja informativa sencilla donde está colocado también nuestro teléfono personal para que nos puedan localizar durante las 24 horas del día y ser atendidos inmediatamente.

P: ¿Cómo se acompaña a los sanitarios en estos momentos?

R: Todos los días estamos en contacto. Estamos abiertos a cualquier tipo de necesidad, evidentemente, con todas las medidas de precaución porque tampoco nosotros – los capellanes- podemos tomarnos esto como si fuéramos gente ajena a todas las normativas y a todo lo que se está exigiendo a toda la población, sobre todo, porque también podemos ser, en un momento dado, más un estorbo que una ayuda. Por eso tenemos que adaptarnos a la situación y no dejar a la gente a un lado. Siempre estamos en contacto y ellos mismos también contactan con nosotros en algunas circunstancias. Se ha generado entre todos un sentimiento de pertenencia que si bien antes ya existía, ahora está muy a flor de piel. Y sí: necesitan mucho la cercanía mucho más ahora que antes, si cabe.

P: Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana están elaborando mascarillas con tu colaboración. ¿Cómo surgió la idea?

R: Hablando con el personal de enfermería comentaron que tenían la necesidad por la carencia de materiales. Son mascarillas que hacen falta, sobre todo, para los pacientes. Con los materiales necesarios y un proceso de esterilización se genera un material lo suficientemente bueno como para evitar el contagio y hacer una cortina entre el paciente y el sanitario. Fui a recoger ese material y, en una primera tanda, estuvimos haciendo los cortes, los montajes, las tiras, las sujeciones de la nariz, etc. La primera vez estuve con ellas pero ya estoy haciendo labores de recogida y entrega de material para que así ellas tampoco salgan de casa. Yo ahora apoyo en la logística.

P: Otras veces hemos hablado de la iniciativa ‘Con F de frágil, con F de fuerte’, que coordinas dentro de la Pastoral de la Salud, destinada a centros educativos. ¿Cómo podemos aplicar ahora eso?

R: Esto es un baño de realidad enorme y nos hace ver que, verdaderamente, hemos construido una cultura, una civilización, con los pies de barro y con el tronco de hierro, de oro, como aquella estatua de la Biblia. La verdad es que tenemos que mirarnos los pies para anclarlos bien y crear una cultura diferente. La fragilidad la llevamos encima de una forma muy clara y, si nos adaptamos y generamos una cultura y una visión nuevas, así saldremos todos muy fortalecidos.

P: Cuál es la ventana que se abre a partir de ahora?

R: Ciertamente hay una ventana de esperanza y solo esa creo que es la que hay que abrir. Están las ventanas de la desesperación, del fracaso, del conflicto, del individualismo más refinado… pero solo una es la que ha de abrirse. Las demás ya las conocemos y no han ido muy bien.

Pero esa ventana la tenemos que abrir entre todos. La clave de todo esto está en que los niños y los jóvenes comprendan que esto no forma parte de un paréntesis en la vida donde ahora me toca hacer cosas diferentes y luego como por arte de magia todo terminará para seguir en lo mismo. Es ahora el tiempo de ponerse a hablar en casa, con ellos. De hacerles comprender que la vida a partir de ahora tiene que tener conceptos y vivencias que habíamos dejado atrás y que serán el motor de una nueva sociedad. El diálogo, la cercanía, la unidad, la dignidad, la solidaridad, la escala de valores bien construida, la espiritualidad….

Si al terminar este tiempo de oscuridad no hemos aprendido la lección será porque nunca supimos ni leer ni entender los tiempos que vivimos y seremos responsables de haber perdido la oportunidad de generar un mundo mejor entre todos, empezando por los niños y los jóvenes, presente y futuro.

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