Una ocasión para redescubrir a la familia como Iglesia doméstica

Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia… La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, «con toda su casa», habían llegado a ser creyentes. (CIC, 1655-1658)

A partir del contenido de estos números, con los que comienza el epígrafe del Catecismo referido a la familia y que lleva por título “La Iglesia Doméstica”, podemos afirmar que la Iglesia es el pueblo de Dios, la comunidad de creyentes, cuya puerta de entrada es el Bautismo, y que la familia cristiana es una comunidad dentro de esa comunidad.

En definitiva, la Iglesia es una gran familia, familia de familias y la Iglesia doméstica es el origen y está en la base de las primeras comunidades cristianas y, en consecuencia, de la propia Iglesia.

Alguien dijo que la familia es un gran invento de Dios. A su vez, el papa Francisco, con la sencillez y cercanía que le caracterizan, dice que “Lo más lindo que hizo Dios fue la familia. Creó al hombre y a la mujer y les entregó todo… todo el amor que derrochó en la creación se lo entregó a una familia” (Cfr. Filadelfia 2015)

Pero a lo largo de la historia, ese invento maravilloso de Dios para que el hombre y la mujer no estuvieran solos ha pasado por muchas dificultades y pruebas, tal vez ninguna tan grave como esta —sanitaria y económica— que ahora asola a toda la humanidad; ninguna prueba tan dura como la pandemia del coronavirus que está atentando contra la vida de decenas de miles de personas y, con ello, amenazando y violentando a decenas de miles de familias.

Sin embargo, al mismo tiempo, con toda certeza, es en las mismas familias donde —seguro— tenemos nuestra tabla de salvación. Como en otras crisis, todas las familias unidas salvarán a la gran familia humana.

Por el momento, miremos al interior de cada una de nuestras familias y veamos en la tragedia que estamos sufriendo una oportunidad para reforzar nuestros lazos familiares, una oportunidad para dejar atrás aquello a lo que, quizás, nos conduce la fuerza de la rutina, y para redescubrir que convivir es saber estar con los otros; saber ser para los otros; saber comprender a los otros; saber, en fin, vivir para los otros. Y así poder decir convencidos: me encanta estar con gente, con mucha gente… para compartir, para hablar, para escuchar, para querer y para que me quieran, para cuidarlos y para que me cuiden… me encanta estar con gente, con mucha gente. ¡Esa gente es mi familia!

Pero es posible que la pandemia nos haya dejado aislados de nuestras propias familias, de nuestras familias de la carne y de la sangre y también de nuestros hermanos en la fe. Aprovechemos, entonces, la oportunidad para ver en las redes sociales nuestros mejores aliados. Fomentemos la comunicación por estos medios telemáticos: teléfono, internet… para darnos palabras de aliento y esperanza.

El confinamiento nos puede privar de un beso, de una caricia o de un abrazo, pero venceremos; después, cada beso, cada caricia, cada abrazo que no demos los recibiremos multiplicados.

Y, en medio de todo esto, nunca olvidar que Dios tiene que ser el centro de nuestras vidas. Recemos y recemos unidos, porque la familia que reza unida permanece unida, y permanece unida porque Dios está ahí, en cada hogar, en tu casa y en la mía.

La Comisión Episcopal de Liturgia de la CEE ha elaborado un material para celebrar el domingo en y rezar en familia, a causa de la restricción por el estado de alarma. Se trata de un texto adaptado de los materiales preparados por la Conferencia Episcopal Italiana.

José Antonio García Morales,

delegado diocesano para la Familia

Material: Orar en familia 
durante la crisis por el COVID-19

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