“Oración, reflexión, misión”



Queridos hermanos y hermanas:

Hace un siglo, el Papa Benedicto XV dijo que desde el momento en que los apóstoles salieron y predicaron por todas partes la palabra divina, -logrando que la voz de su predicación repercutiese en todas las naciones, aun en las más apartadas de la tierra-, ya en adelante nunca jamás la Iglesia, fiel al mandato divino, ha dejado de enviar a todas partes mensajeros de la doctrina revelada por Dios y dispensadores de la salvación eterna, alcanzada por Cristo para el género humano.

Al cumplirse el centenario de esa Carta, documento importantísimo para la Misión, quiero hacer una llamada para que este mes de octubre sea vivido como el Mes Misionero extraordinario, un mes dedicado a la oración y reflexión sobre la Misión, con el sentido que quiere darle nuestro Santo Padre Francisco que lo ha convocado: “Deseo que vuestra asistencia espiritual y material a las iglesias haga que estén cada vez más fundadas en el Evangelio y en la participación bautismal de todos los fieles, laicos y clérigos, en la única misión de la Iglesia: haga el amor de Dios próximo a cada hombre, especialmente a los más necesitados de su misericordia. El mes extraordinario de oración y reflexión sobre la misión como primera evangelización servirá a esta renovación de la fe eclesial, para que su corazón esté y obre siempre la Pascua de Jesucristo, único Salvador, Señor y Esposo de su Iglesia”.

  1. La Misión, obra de todos, fruto del Espíritu.

Es necesario que tomemos conciencia de que la Misión existe para que el Señor sea conocido y amado, y para que todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque la vida eterna consiste en que conozcan al Padre y a quien Él ha enviado. El envío del Señor afecta a toda la comunidad cristiana. Es más, es una exigencia de nuestro compromiso bautismal, cuando somos hechos uno con Cristo: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo”. El Señor nos sigue enviando, como Iglesia hemos de ser conscientes de que el trabajo de los misioneros también es nuestro, que sus obras son las de la Iglesia. Hemos de ser conscientes de que el anuncio de Jesús en tierras de misión es fruto de un impulso del Espíritu, que es el alma de la evangelización.

Teniendo esto en cuenta, ensancharemos nuestro corazón y nuestra mente, se abrirá nuestra conciencia eclesial y todo lo que hagamos por las misiones tendrá un sentido nuevo, más pleno, más integrado en nuestro ser como Iglesia. Se nos pide que nuestra colaboración con las misiones esté cada vez más fundada en el Evangelio y en nuestra fe bautismal.

            2. Sostener la Misión desde el amor.

Decía Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las Misiones: “En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor”. Hemos de reflexionar sobre el aspecto contemplativo de la misión. La oración es poderosa, mueve montañas. Acompañemos la Misión y a los misioneros desde la oración. La oración de adoración, de intercesión… Dediquemos tiempo a orar por la Misión y los misioneros, tanto en la oración litúrgica, como en la adoración eucarística, el rezo del Rosario, y en tantas otras formas de orar. En este mes, especialmente, sostengamos la oración desde el amor, desde el corazón de la Iglesia. Allí donde no podemos llegar físicamente, llega nuestra plegaria en la comunión de los santos. Dice el Señor: “No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos”. Las palabras del Señor ensanchan nuestra oración y la abren a los misioneros y a los que ellos anuncian el Evangelio.

         3. Para anunciar, darse.

El primer anuncio del Evangelio se hace con la predicación y con las obras de amor. Los misioneros  anuncian con palabras y con obras. Esas obras no son otras que las de Cristo, que en su momento dijo: “El que cree en mí , también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”. Por eso las obras de los misioneros, y nuestras, que las apoyamos, no son fruto de una simple ONG, reconociendo todo el bien que hacen, sino fruto de la expresión de Dios que nos ama con generosidad y gratuidad. Un corazón consciente de la gratuidad y de la generosidad de Dios se expande y comunica generosidad y gratuidad. Como decía Santa Teresa de Calcuta: “No es cuánto das sino cuánto amor pones en aquello que das”.

Nuestros bienes materiales, nuestro dinero, al servicio de la misión en la medida de nuestras posibilidades, como expresión de nuestra generosidad. Somos  impulsados a dar gratis lo que gratis hemos recibido. Nuestro dar así no es “contribuir”, sino“darse». Los pozos que los misioneros abren, las escuelas que levantan, las iglesias que edifican, los dispensarios médicos que abren, etc., son las obras que hacen visible el Evangelio, son anuncio de un Dios que ama, que se entrega, que se da.

Que María, Estrella de la Evangelización, y Reina de las Misiones, nos ayude a crecer en nuestra conciencia misionera en este Mes Misionero Extraordinario.

Con mi afecto y bendición.

✠ José Vilaplana Blasco
Obispo de Huelva

 

 

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