Homilía en la Misa Pontifical de Pentecostés

El Rocío, 9 de junio de 2019

1. Los Apóstoles oraban con María, la Madre de Jesús (1). Y el día de Pentecostés se llenaron todos de Espíritu Santo (2). El Señor había cumplido su promesa, los frágiles discípulos recibían la fuerza de lo alto para desarrollar la misión que se les había encomendado. Y ahí estaba María, la Madre que Jesús regaló a la Iglesia (3) para que la acompañara en su peregrinación. Y aquí estamos nosotros, con la Virgen, celebrando la fiesta de Pentecostés, esperando que el Señor siga cumpliendo su promesa en nosotros, para que podamos ser los testigos del Evangelio que nuestro mundo necesita.

2. Hemos llegado como peregrinos y estamos reunidos en este Pentecostés extraordinario, celebrando el Centenario de la Coronación de nuestra Madre y Patrona, e iniciando el Jubileo que nos ha concedido el Papa Francisco. Este acontecimiento no nos puede dejar indiferentes. Suplicamos la presencia del Espíritu del Señor sobre nosotros, para que nos santifique. El Espíritu Santo es santificador y dador de vida, rejuvenece a la Iglesia y le da vigor en medio de las dificultades. El Papa Francisco, recientemente, nos ha recordado que todos estamos llamados a la santidad, que no nos asuste esta palabra. Es también para nosotros. En las situaciones de crisis, espiritual y moral, por las que pasa nuestra sociedad, el cristiano no puede ser mediocre. Hemos de apuntar alto; al principio del milenio nos lo recordaba San Juan Pablo II (4), el Papa rociero, ahora nos lo recuerda el Papa Francisco, que nos dice:

“Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (5).

Es muy importante que, dentro de este Año Jubilar, estas palabras del Papa resuenen en nuestro corazón: el rociero, el peregrino, todos, estamos llamados a la santidad, pero no depende de nuestras fuerzas. Es el Espíritu Santo el que hace posible esta transformación. Dice el Papa: “Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo” (6).

3. Pongamos nuestra mirada en María. Ella es para todos nosotros modelo de santidad. Se dejó transformar por Dios, que la llenó de su gracia, hizo maravillas en su pequeñez y nosotros la contemplamos coronada de gloria en el cielo y coronada por el cariño de sus hijos aquí en la tierra. Ella trenzó su vida, viviendo las bienaventuranzas que su Hijo nos ha enseñado, porque “Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas. Son como el carnet de identidad del cristiano” (7). Y nuestra Madre, humilde, misericordiosa, limpia de corazón, Reina de la Paz, también Virgen sufriente junto a su Hijo, nos transparenta lo que es ser fiel a Dios en la vida cotidiana.

4. Animados por el ejemplo y acompañados por la maternal intercesión de María, avancemos por el camino de la santidad y así seremos para la Virgen la mejor corona. Sí, la mejor corona sois vosotros si resplandecéis como oro por vuestras obras. “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (8). Engarzad en el oro de vuestra vida el diamante de vuestra fe, la esmeralda de vuestra esperanza y el rubí de vuestra caridad.

Mantened vuestra fe, firme y resplandeciente, y pedidle al Señor, por intercesión de nuestra Madre del Rocío, que la aumente, para que reflejéis así la alegría del Evangelio. Seamos creyentes como María, a la que dijo su prima Isabel: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (9).

Que vuestra vida tenga el color de la esperanza. Que fiados en las promesas de Dios, como María, no os dejéis atrapar por el desánimo y la desesperanza, sino que irradiéis en vuestro modo de vivir la serena alegría de los que afrontan las situaciones difíciles con la seguridad del que se apoya siempre en la bondad, la providencia y en la misericordia de Dios.

Que vuestra caridad sea ardiente como el rubí. Como María, diligentes y atentos a las necesidades del prójimo para no caer en la indiferencia o en la injusticia. Que el fuego del amor del Corazón de Cristo prenda en vuestros corazones para que mostréis siempre el rostro amoroso de Dios y la dulce ternura de nuestra Madre. Sólo el Espíritu Santo puede realizar en nosotros estas maravillas, por eso lo invocamos hoy por intercesión de la Virgen, en este nuevo Pentecostés, para que así podamos caminar con María hacia Cristo, sin detenernos en una vida cristiana tibia, sino como dice San Pablo, creciendo hacia la plenitud del hombre nuevo: “Despojáos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (10).

5. Deseo terminar esta homilía con unas bellísimas palabras del Santo Padre: “Quiero que María corone estas reflexiones, porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…» (11). AMÉN.

✠ José Vilaplana Blasco
Obispo de Huelva

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1 Cf. Hch 1, 13-14.
2 Cf. Hch 2, 1-4.
3 Cf. Jn 19, 25-27.
4 Cf. Novo Millennio Ineunte, 30.
5 Gaudete et exsultate, 14.
6 Gaudete et exsultate, 15.
7 Gaudete et exsultate, 63.
8 Mt 5, 16.
9 Lc 1, 45.
10 Ef 4, 22-24.
11 Gaudete et exsultate, 176.

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