Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

El 2 de noviembre vuelve a convocar a los hijos de la Iglesia en una conmemoración litúrgica que les pone ante el sentido escatológico de la vida cristiana, que es una peregrinación hacia la Patria, donde no hay llanto, ni luto, ni dolor (cf. Ap. 21, 4 ). Pero como dice el Catecismo los “que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo… La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.” (1030 y 1031 del CEC).
La conmemoración litúrgica de Todos los Fieles Difuntos es una invitación comunitaria a la oración eclesial por los hermanos fallecidos, por todos aquellos que formando parte de la Iglesia de Cristo, esperan su purificación. ¿No es ese acaso el sentido de la oración por los difuntos? Habitualmente, en los funerales, es cada vez más usual escuchar que nos reunimos para homenajear a fulanito, o para recordarlo, o para hacer memoria de tal o cual difunto, pero la realidad es que la Iglesia en su liturgia huye de hacer lo que hace el mundo normalmente: es decir, la muerte se convierte en “la hora de las alabanzas”, pero no, la Iglesia nos invita a orar, a poner con piedad ante Dios a aquellas personas, conocidas o desconocidas, que han partido de este mundo, a pedir que se le apliquen los méritos de Nuestro Señor Jesucristo y puedan salir de su situación de purificación para gozar de las alegrías del cielo. No es otra cosa lo que pide hoy la Iglesia, y que tan bien recogen estas palabras de San Ambrosio: “Este deseo (el de la vida eterna) expresaba con especial vehemencia, el salmista cuando decía: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida y gozar de la dulzura del Señor” (Del libro de san Ambrosio, obispo, sobre la muerte de su hermano Sátiro).
Por eso la Iglesia, al acompañar a sus hijos en las exequias, exclama con la antífona In Paradisum, que con la música gregoriana alcanza cotas sublimes: “Al paraíso te lleven los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba y junto con Lázaro, pobre en esta vida, tengas descanso eterno”.
Es también la fiesta de la esperanza cristiana, en la que los que los seguidores de Jesucristo muerto y resucitado, proclamamos nuestra fe en que “a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él” (I Ts 4, 14). Con esta conmemoración se abre todo un mes dedicado de forma especial a la oración por los difuntos, que es una obra de misericordia. Los últimos domingos del año litúrgico nos introducen en la consideración de las postrimerías, en la segunda Venida del Señor. Un buen momento para la oración, para el sacrificio y la limosna en favor de los que han compartido la muerte de Cristo para que compartan también su resurrección. No es la fiesta de la tristeza, ni de la pesadumbre, ni de la desesperanza, ni del fatalismo, ¡no! Es la fiesta de un Pueblo que camina tras los pasos de Jesús hacia la Tierra Prometida, que se goza en las palabras que el Señor le dirige a Dimas: “hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43).
La Palabra de Dios siempre acude a iluminar nuestras situaciones, y hoy, especialmente, la Iglesia, con el profeta puede y debe sentir y exclamar: “El abismo no te da gracias, ni la muerte te alaba, ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa. Los vivos, los vivos son quienes te alaban” (Is 38, 19-19). Por eso, hoy pedimos la vida eterna para todos los que han pasado de este mundo al Padre, una vida abundante, que no acaba.                                                                                                                                                                                                                                                                              Juan de Robles 

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