Si renace la alegría, es para todos



Queridos hermanos y hermanas:

El DOMUND, cada octubre, llama a nuestras conciencias de evangelizadores y nos viene a recordar que la misión que la Iglesia ha recibido del Señor es universal. En esta ocasión, siguiendo el espíritu de la última exhortación apostólica del Papa, el lema elegido es “Renace la alegría”, acogiendo el eco de estas palabras del Santo Padre Francisco: “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Evangelii Gaudium 1). En efecto, del encuentro con el Señor, nace y renace esta alegría, que no es como muchas veces la entendemos nosotros: ruidosa, bulliciosa,… sino que es aquella de la que habla Jesús cuando estalla en alabanza de su Padre: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los sencillos” (Lc 10, 21 ss). A este respecto, el Papa nos dice: “esta experiencia de los discípulos es motivo de gozosa gratitud del corazón de Jesús”, porque Dios ha revelado los misterios de su Reino a los pequeños (cf. Mensaje Domund, 2).

Por lo tanto, si el encuentro con el Señor reporta alegría no se comprende que ésta no se comparta con los demás. Los pobres, los pequeños, los sencillos, están esperando que se les hable de Dios, que se les haga presente a Dios, como lo hacían presente los discípulos (cf. Lc 10, 17-20). Hoy también se nos pide a nosotros hacer signos y señales de la salvación de Dios. Que los pobres enseñemos a otros pobres donde puede estar su riqueza, porque en Él la hemos encontrado nosotros, como María y José, como los pescadores de Galilea y como los discípulos llamados a lo largo del camino (cf. Mensaje Domund, 2). En definitiva, de nuestro encuentro con Jesús nace la sabiduría, una luz que no es humana, ocultada a los sabios y entendidos, por lo que esa sabiduría aprendida del Señor ha de ser repartida sin envidia, no podemos guardar sus riquezas (cf. Sb 7, 13-14).Esta Jornada Mundial de las Misiones, nos recuerda el Papa, nos hace presente la necesidad que tiene la humanidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo (cf. Mensaje Domund, 4). Si Él se entregó y murió por la humanidad, ¿no ha de entregarse por ella la Iglesia? Si la llamada del Señor a seguirle es universal, es decir, católica, ¿no ha de ser extendido el Evangelio a todos los rincones del mundo? Ante la conciencia de la importancia de la misión surge una pregunta: ¿qué puedo hacer?

El DOMUND pretende animar nuestra respuesta. Ésta se ha de concretar en la oración: una oración que nazca de la alegría de habernos encontrado con el Señor, con los sentimientos de su corazón. Si en nosotros, por el encuentro con Él, ha renacido la alegría, ésta ha de ser para todos. No la guardemos egoístamente para nosotros. También esta respuesta ha de concretarse con la limosna que, en la acepción más correcta de este término, es la expresión de la donación de nuestros corazones. Una y otra, oración y limosna, sostienen la labor de tantos misioneros que, a la postre, nos devuelven la alegría de reconocer el ejemplo de sus vidas, como en el caso de los dos misioneros hermanos de San Juan de Dios que, a causa de la epidemia de ébola, recientemente han entregado su vida hasta el final. Son lo mejor de nuestra Iglesia, porque ellos, y tantos otros misioneros y misioneras (sacerdotes, religiosos y laicos), están anunciando y curando en nombre del Señor Jesús, y su pobreza humana ha enriquecido a otros pobres y pequeños. Demos gracias a Dios al ver cómo en ellos, a partir de su encuentro con el Señor, ha renacido la alegría y no se la han guardado, sino que la han puesto al servicio de todos, haciendo de la Iglesia, como dice el Papa: “un hogar para muchos, una madre para todos los pueblos” (cf. Mensaje Domund, 5).

Os bendigo con todo afecto.

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