Homilía Solemne Profesión de Fe



Hemos cantado el Aleluya y, en su versículo, hemos dicho lo que es la clave de este encuentro y de toda nuestra vida: “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá”. Todo sea para Gloria de Dios. No estamos aquí para glorificarnos a nosotros mismos, sino para glorificar a Dios, que ha tenido la bondad con nosotros de manifestarnos su Misterio. Nos ha revelado su rostro de Padre; nos lo ha mostrado humanamente en la entrega de su Hijo Jesús y palpita en nuestro corazón por la presencia del Espíritu Santo: ¡Gloria a Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Mi querido hermano D. Ignacio, vicario general, vicarios episcopales, arciprestes, queridos hermanos sacerdotes venidos de toda la Diócesis, queridos padres franciscanos, provincial y guardián de este Monasterio de La Rábida, queridos Sr. Alcalde de Palos de la Frontera y autoridades presentes, queridos hermanos y hermanas todos que formáis este precioso mosaico, esta gran familia de todas las parroquias, delegaciones, secretariados, comunidades y grupos apostólicos de nuestra Diócesis; queridos hermanos y hermanas de la orquesta y de los coros, queridos seminaristas, queridos muchachos scouts que nos habéis acogido. Gracias a todos por haber hecho posible esta fiesta de la Fe; esta fiesta de la familia diocesana que, reunida como un solo cuerpo, quiere dar gracias a Dios por este don recibido: el don de la fe.

Mis primeras palabras, queridos hermanos y hermanas, quieren suscitar en vosotros una profunda gratitud, porque tenemos fe. La fe es un regalo de Dios. La fe es un don que hemos recibido y hoy tenemos la oportunidad de compartir juntos este don de sentir la alegría de creer como Iglesia diocesana reunida aquí en representación de tantas y tantas personas que, aunque no pueden estar presentes con nosotros físicamente, lo están haciendo espiritualmente.

Hace un momento un periodista me decía: ¿Qué quiere decirle a las personas que nos escuchan desde sus casas (enfermos, ancianos e impedidos)? Pues quiero decirles que estáis aquí; que estáis con nosotros y nosotros con vosotros. Compartimos la misma fe, sentimos la misma alegría. Y al darle gracias a Dios por nuestra fe, yo quisiera invitaros a que, en lo más recóndito de vuestro corazón, dierais gracias a Dios por las personas que os han transmitido la fe y que os han ayudado a educaros en la fe. Nuestras abuelas y abuelos, nuestras madres y padres, nuestros catequistas y sacerdotes… Tantas personas buenas que, sencilla y humildemente, nos han enseñado a conocer, amar y seguir a Jesús. Recordemos con gratitud a estas personas, porque el regalo de la fe nos llega siempre de manos de quienes, con sencillez y humildad, nos han presentado el misterio de Dios. Cuando pienso en ellos, pequeñas y humildes personas de nuestros pueblos, de nuestras familias, no me sale más que compartir esa expresión de júbilo en el Espíritu Santo de Jesús, cuando lleno de gozo dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. Pues sí, gracias, Padre, por estas personas humildes y sencillas que te conocieron y nos han dado a conocer tu Nombre. Gracias por los testigos de la fe.

Y entre estos testigos, hemos tenido también grandes testigos de la fe en unos Papas, unos sucesores de Pedro que yo quiero recordar hoy. De manera especial, al beato Juan Pablo II. Dentro de un mes, se cumplirán veinte años de su presencia en este mismo lugar y hoy, sin merecerlo, llevo la misma casulla que él llevó en la misa que celebró en la avenida de Andalucía. Cuántos recuerdos de ese gigante de la fe, de ese testigo de la fe que recorrió el mundo entero invitando a todos a encontrarse con Jesucristo, el Redentor del hombre.

Quiero recordar también con gratitud al papa emérito Benedicto XVI, a cuya iniciativa debemos este encuentro, porque él convocó para un Año de la Fe a todas las iglesias y en su carta Porta Fidei decía que era conveniente que las iglesias diocesanas, en la Catedral o en cualquier otro lugar, pudiéramos profesar solemnemente nuestra fe. Es pues, que nos invitó a este encuentro que nos produce una gran alegría. Este gozo de vernos todos juntos como familia para profesar nuestra fe.

Y el Papa Francisco, que nos invita a vivir esa fe de una manera tierna, humilde, sencilla y cercana, haciendo que la luz de la fe ilumine todos los rincones del mundo, que llegue hasta las periferias de las ciudades y a las personas. Demos gracias a Dios, sinceramente, por el don de la fe y por todos aquellos que nos han ayudado a creer.

Pero no podemos quedarnos aquí, queridos hermanos y hermanas. En esta mañana, quiero pedirle también al Señor como aquel padre, cuyo niño enfermo intentaban curar los apóstoles sin poder. Aquel padre angustiado que pidió el auxilio de Jesús y, cuando el Señor le pregunto: “¿crees?”. Él dijo: “Yo creo, Señor, pero dudo. Aumenta mi fe”. El Señor le concedió pedir con fe por la salud de su niño y su niño quedó curado.

Aquí estamos también nosotros, que vivimos en nuestras vidas tantos desafíos, tantos problemas que nos desbordan y vemos a tantos hermanos nuestros que sufren y ante los cuales nos sentimos impotentes, pequeños y, a veces, hasta desanimados. Necesitamos pedirle al Señor como aquel padre: “Señor, auméntanos la fe”. Porque Jesús dice: “todo es posible para el que cree”.

Y, realmente, las personas de fe, los grandes santos, los grandes testigos de la fe, en momentos difíciles de la humanidad han sabido abrir caminos donde parecía que sólo había callejones sin salida. Y nosotros, ante el sufrimiento de nuestros hermanos pobres, parados, con distintas preocupaciones en sus vidas familiares, con tantos hermanos y hermanas nuestros que vemos que no aciertan a encontrar el camino de la fe, hijos a los que quisiéramos transmitir esta alegría de creer y que vemos una resistencia porque el ambiente cultural, muchas veces, les arrastra y les arranca esa posibilidad de vivir como amigos de Jesús, queremos decir hoy al Señor: “aumenta nuestra fe, para que percibamos que nada hay imposible para el que cree, que si tenemos fe no hemos de temer”. Jesús, de hecho, a sus discípulos, sobre todo, les corregía cuando les veía faltos de fe. En medio del lago encrespado, de la barca que parecía hundirse, Él les decía: “no seáis hombres de poca fe”. También esto nos dice el Señor. Si hemos venido a celebrar esta acción de gracias y esta profesión de fe es para pedirle al Señor que nos haga fuertes y firmes en la fe. Y una fe que se proyecte en la vida, una fe que se realice en nuestras acciones, una fe que madure en la caridad porque, queridos hermanos, de qué sirve decir que tenemos fe si esa fe no se ve reflejada en la vida, en las obras, en actitudes solidarias, en servicio a los hermanos, en el trabajo por la justicia, en la preocupación incesante por aquellos que no tienen voz. Donde haya un hombre o una mujer de fe y un corazón que ama, donde haya un hombre o una mujer de fe, hay una persona que, siguiendo las huellas de Jesús, sirve donde quiera que esté para que el mundo sea el que Dios ha querido, un mundo de hermanos, un mundo en el que compartamos todos los dones de Dios, que ha repartido para que no le falte a nadie lo necesario para vivir con dignidad. Una fe comprometida, una fe vivida en la alegría del testimonio del día a día.

Pero, al mismo tiempo, una fe compartida en la comunidad. La fe crece en comunidad. La fe la hemos recibido y la aumentamos, por gracia de Dios, en el seno de la Iglesia. Por eso, queridos hermanos y hermanas, que esta fe nos ayude a revivir nuestras comunidades que, de acuerdo con esas pinceladas de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, sea una fe que ilumine a los pastores, para que podamos ser pastores del pueblo de Dios y educadores de la fe; que esa fe ilumine a los seglares, para que puedan ser testigos del Evangelio en medio del mundo; que esa fe ilumine a los padres, que la transmiten en el seno de la familia a sus hijos, especialmente, cuando se preparan para la iniciación cristiana; que esa fe sea un faro de luz para los jóvenes, de tal manera que acierten en el camino de la vida; que esa fe anime y dé constancia a todos los que están trabajando por los más pobres en nuestras cáritas y en todas las instituciones que quieren servir a los más necesitados; que esa fe ilumine y ayude a encontrar las raíces en todas aquellas personas, tantas, que participan en las hermandades y en la religiosidad popular de nuestro pueblo; esa fe que haga que nuestra experiencia comunitaria sea significativa en medio del mundo. Ojalá que lo que hoy representa este encuentro lo digamos cada día y suscitemos en aquellos que nos ven la expresión: “¡Mirad cómo se aman!”.

Es muy hermoso, queridos hermanos y hermanas, porque gracias a Dios yo ya estoy pudiendo ver entre vosotros a personas que trabajan en Cáritas, a catequistas, a personas que trabajan en los grupos de lectura creyente, a comunidades neocatecumenales, a comunidades de religiosas y de religiosos, a parroquias venidas desde la Sierra, la Costa, desde el Andévalo y la ciudad…, tantos hermanos y hermanas en distintos grupos… Aquí están nuestros hermanos sordos que están teniendo este servicio de intérprete… ¡Qué hermosa es la Iglesia cuando, como familia, cada uno aportamos lo mejor de nosotros mismos para gozar de los dones que Dios nos ha dispensado!

Queridos hermanos y hermanas, un tercer punto: la fe es misionera. La fe nos envía a dar testimonio de Dios en medio del mundo. No tengamos miedo. La fe no se impone, pero sí se propone, para que la alegría que nosotros tenemos, ofrecida con humildad, convicción y sencillez, pueda ser compartida por los que no tienen esta suerte. No podemos guardarnos para nosotros mismos la alegría de la fe y, por eso, echemos de nuevo la red, vayamos al mundo como Jesús nos ha dicho, con la fuerza del Espíritu Santo, que nos ayudará a entender lo que todavía no entendemos porque, ante el misterio de Dios, siempre nos quedamos pequeños, pero el Señor nos ha dicho que el Espíritu Santo nos recordará todo lo que hemos oído y que Él nos acompañará siempre en este misterio de comunión de Dios con nosotros.

Por eso, hermanos y hermanas, no terminemos este encuentro de profesión de fe sin proponernos ser testigos de la fe; no os canséis en el seno de vuestras familias, hablad de Jesús a vuestros hijos; no os canséis en el lugar de trabajo, donde compartís con otros hermanos y hermanas, en los talleres o en los institutos, donde quiera que estéis; entre los vecinos… Hablemos de Jesús con naturalidad, como quien ha descubierto la fuente de la alegría que quiere compartir con tantas personas que tienen sed de felicidad sin acertar a descubrir dónde está la fuente. Que ese testimonio de fe, esa misión, nos ayude a mantenernos firmes en todas las responsabilidades que estamos desarrollando dentro de la Diócesis. No os canséis, hermanos y hermanas, de hacer el bien porque, como nos ha recordado San Pablo, la fe también se pone a prueba, pero la prueba, cuando se hace constancia, produce frutos, porque el Espíritu del Señor ha sido sembrado en nuestros corazones y hoy no nos deja solos y hace fecundas nuestras sencillas acciones.

Termino invitándoos a poner la mirada, antes de nuestra profesión de fe, en la mujer creyente por excelencia: la Virgen María. Dichosa Ella porque creyó, dichosa porque se fio de Dios, dichosa porque su “sí” implicó toda su existencia, se puso en manos de Dios y Dios hizo una obra maravillosa en Ella. Ese es nuestro destino, esa es nuestra meta: que la fe, como en Ella, nos ayude a ser personas transformadas, transfiguradas; que dentro de la sencillez de nuestras personas, dejemos que el Señor, en su misterio de amor, se refleje en nuestros rostros y en nuestra vida. Que así sea.

+José Vilaplana Blasco,
Obispo de Huelva

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