Homilía Apertura de Curso 2012-13



Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada, queridos hermanos y hermanas fieles laicos, queridos seminaristas.

La apertura del Año de la Fe, al conmemorar los 50 años del Concilio Vaticano II, que hemos querido que coincidiera con la apertura de nuestro Curso Pastoral, en este tercer año de desarrollo del Plan Diocesano de Evangelización, es para todos nosotros un motivo, en primer lugar, para dar gracias a Dios. Él cuenta con nosotros.

Los apóstoles que se acercaron a Jesús, como hemos escuchado en este Evangelio, lo hicieron con ánimo vacilante. Eran frágiles, como nosotros. Cuántas veces Jesús les tuvo que decir: “no seáis hombres de poca fe”. Y, sin embargo, esos hombres vacilantes que se acercan al Señor, escuchan de su voz esta misión magnífica: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he enseñado”. Y añade la garantía de esa misión: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Cuando nosotros nos reunimos para celebrar la Eucaristía y escuchamos el Evangelio dice el Concilio Vaticano II que es Cristo mismo quien nos habla. Pues a nosotros, tantas veces vacilantes, hombres y mujeres que en algunos momentos nos mostramos faltos de fe, necesitados de fe, tan limitados, tan frágiles y en un mundo tan complejo, el Señor nos dice: “Id y haced discípulos míos. Yo estoy con vosotros”. Y Él garantiza esa presencia con la efusión del Espíritu Santo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, en este curso que vamos a comenzar os he propuesto tres prioridades pastorales que hoy quiero comentar y presentar al Señor, para que Él las bendiga y nos ayude a llevar adelante esta misión.

La primera no puede ser otra que reavivar nuestra fe. El Papa, consciente de que la fe se está apagando como una mecha que no tiene fuerza en grandes sectores de nuestra sociedad y, especialmente, en muchos hermanos y hermanas nuestros bautizados, ha creído conveniente convocar este año para profundizar en la fe, para proclamarla con valentía, para redescubrirla con alegría y para comunicarla con entusiasmo y convicción, pues es un año en el que debemos sentir la alegría de creer y también la necesidad de pedir al Señor que aumente nuestra fe: creo, Señor, pero aumenta mi fe.

Cada uno de nosotros, en la tarea que debemos desarrollar dentro de nuestra Diócesis, sabemos que tenemos la necesidad de vivir la fe para ser, precisamente, testigos de esa fe. Nosotros no podemos hablar de nuestra fe como si habláramos de una teoría. En el centro de nuestra fe está Jesucristo, que nos ha revelado que Dios es Padre y que nos ha comunicado su Espíritu para que nosotros podamos entrar en el misterio de Dios. Proclamar y vivir la fe es entrar en contacto con este Dios vivo que se ha revelado como amor. Y, por tanto, tener fe no significa solamente adherirse a lo que él nos ha revelado, sino amarle, porque Él se ha revelado como amor, es decir, que nuestro corazón se adhiera a Él y la fe, si es auténtica, nos ponga en camino siguiendo sus pasos. La fe auténtica tiene una dinámica que no nos deja quietos y nos pone en camino siguiendo los pasos de Jesús, al que queremos conocer mejor, para amarle más y comunicarlo a nuestro mundo de una manera más convincente.

El Papa nos recordaba esta mañana en su homilía a todos que, tanto el Papa Juan XXIII que convocó el Concilio, como el Papa Pablo VI, que lo culminó y el Beato Juan Pablo II, que lo actualizó durante tantos años como sucesor de Pedro, coinciden en esto: que la fe es para anunciar a Jesucristo y para ponerlo en el centro del mundo de hoy y comunicarlo de una manera más significativa.

El Concilio Vaticano II recogió un anhelo que había en la Iglesia: tenemos el tesoro de la fe, pero nuestro mundo tiene unos cambios tan acelerados que necesita esa fe de siempre, porque el Evangelio no cambia, pero requiere ser expuesta, mostrada, manifestada al mundo de hoy de tal forma que sea inteligible para nuestros contemporáneos. Nueva evangelización no significa un nuevo Evangelio, sino presentar de manera nueva, con formas nuevas, con estilo nuevo, el mismo Evangelio de Jesucristo. Es decir, acercar a Jesucristo al hombre de hoy.

Decía el Papa esta mañana que estos papas que han convocado y han acercado el Concilio a la Iglesia convergen profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del Cosmos y de la Historia y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Profundicemos, pues, en esta maravilla de nuestra fe; demos gracias al Señor por nuestra fe; tratemos de conocerla apasionadamente para presentar a Cristo de forma entusiasta.

Pero el Papa ha repetido esta mañana un tema que es recurrente en su predicación. Dice: “si era importante el Concilio en aquel momento, celebrar los cincuenta años y convocar un Año de la fe, no es para que nosotros conmemoremos un hecho del pasado como una gran efeméride. Precisamente, si la Iglesia propone hoy un nuevo Año de la Fe y la Nueva Evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace cincuenta años”. Y añade: “En estos decenios ha aumentado la desertificación espiritual”. El Papa habla de desierto y de vacío. El mundo de hoy experimenta un desierto, una ausencia de Dios, un vacío de sentido, se hace más necesario, pues, que nosotros nos sintamos como nuevos evangelizadores de este mundo en el que nos ha tocado vivir. Y el Papa dice: “en el mundo desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir”.

Así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Incluso, a veces, en ese rechazo agresivo de Dios está la sed de Dios en el corazón del hombre, aunque no lo reconozca. Como, a veces, en ese ruido atronador de las motos, los jóvenes están pidiendo una llamada de afecto, de sentido para sus vidas. Quizás lo hacen de una manera que nos desconcierta, pero el corazón del hombre anda inquieto y nosotros tenemos la responsabilidad de, en medio de este desierto, presentarnos como nuevos evangelizadores. Es el segundo punto de la prioridad pastoral para este año.

El Papa dice: “en el desierto, se necesitan, sobre todo, personas de fe que, con sus propias vidas, indiquen el camino hacia la tierra prometida y, de esta forma, mantengan viva la esperanza. En la peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo es necesario llevar consigo solamente lo que es esencial”. Y recuerda las palabras de Jesús: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas (cfr. Lc 9,3), sino el Evangelio y la fe de la Iglesia.

Queridos hermanos y amigos: todos estamos llamados a ser esos nuevos evangelizadores, todos estamos llamados a presentar a nuestros hermanos contemporáneos, donde quiera que estemos, y sea cual sea el ministerio que desempeñemos en la Iglesia, este tesoro único que llevamos entre las manos: Jesucristo y su Evangelio, lo que Él nos ha enseñado para vivir y para encontrar la fuente que, en medio de este desierto, puede calmar nuestra sed de Dios.

Sentirse con la responsabilidad de nuevos evangelizadores significa, al menos, dos cosas: que cada uno de los que estamos ya trabajando en la Iglesia nos renovemos y pensemos si realmente aparece en nuestras vidas como tesoro único Jesucristo o tenemos el corazón pegado a tantas cosas que Jesucristo aparece como confuso en medio de ellas. Decía Pascal: “Vive de tal manera que suscites la pregunta por Cristo”. Que vivamos de tal manera, con tanta coherencia, con tanta alegría y con tanta humildad el Evangelio que suscitemos la pregunta por Cristo en quienes entre en contacto con nosotros. Es decir, renovémonos, no nos amoldemos a veces a esa costumbre que nos hace aparecer ante el mundo como rutinarios o como personas que no tienen ya esa vibración interior que nos lleva a comunicar el gozo del Evangelio y presentar su belleza.

Pero, al mismo tiempo, necesita que todos busquemos nuevos evangelizadores, personas nuevas a las que podamos decir: has conocido a Jesucristo, toma con responsabilidad la alegría de ser su testigo, de enrolarte en el trabajo de la Iglesia, esta Iglesia que no tiene otra finalidad que evangelizar. Es nuestro gozo y es el sentido que tiene la Iglesia, la gran responsabilidad de presentar a Jesucristo. Busquemos trabajadores para la mies, busquemos personas con las que podamos compartir esa alegría de anunciar el Evangelio. Nuestra Iglesia está necesitada de una nueva generación de evangelizadores para continuar la misión, mirando especialmente a los jóvenes, a los niños, a las nuevas generaciones y a sus lenguajes.

Pero todos sabemos, y es el tercer punto de nuestra prioridad pastoral, que si es auténtica, si nos pone en el camino de Jesús, si nos hace sentirnos evangelizadores, la fe madurará en el amor, en la caridad, que significa amar como Cristo, compartir como Cristo, dar la vida como Cristo, mirando especialmente a los hermanos que, en este camino de la vida, quedan en la cuneta de la pobreza, de la marginación, del sufrimiento y de la desesperanza.

Si nuestra fe madura, nuestra caridad crece; si nuestra fe es auténtica, nuestra generosidad será más desbordante y sabremos encontrar la palabra y el gesto oportuno para ayudar a tantos hermanos y hermanas nuestros que viven esta cronificación de la pobreza, esta desesperanza de pensar que nuestro mundo no tiene salida. Allí estaremos nosotros, con la imaginación que da el Espíritu y con la fantasía de la caridad para descubrir caminos nuevos. Los santos son los que, en momentos críticos, mejor han sabido crear un dinamismo que generara una sociedad nueva.

Si nuestra fe madura y es más significativa nuestra caridad, nuestro compromiso, nuestra solidaridad en medio de nuestro mundo, no lo dudemos, estaremos ayudando a salir del túnel en el que nos encontramos.

Queridos hermanos y hermanas, estos son los tres subrayados que podemos vivir este año y que tenemos oportunidad de vivir, pero hay un elemento que quiero destacar al final de mis palabras. Lo haremos unidos, caminando en la fe como Diócesis, como Iglesia particular. Nuestras parroquias, nuestras actividades nunca deben ser islas. Caminamos juntos, avanzamos juntos, como esa comunidad que se nos ha presentado en la primera lectura; esa comunidad que escucha junta la Palabra de Dios, porque todos se sienten discípulos; esa comunidad que celebra con alegría la fracción del pan para reconocer al Señor resucitado en medio de ella; esa comunidad que ora confiada, que comparte todos los bienes que Dios le ha dado; y, porque comparte, aparece como un signo nuevo en medio de un mundo marcado tantas veces por los egoísmos (cfr. Hch 2, 42).

Tenemos que crecer juntos en nuestras parroquias, en nuestra Diócesis, siempre como una gran familia que vive la alegría de sentir que la misión la compartimos todos, sea cual sea la tarea que desempeñemos dentro de la Iglesia. Que la Virgen María, dichosa porque creyó, modelo de nuestra fe, nos acompañe en este camino, para que lo hagamos unidos y creciendo en la fe, como Ella. Que así sea.

+ José Vilaplana Blasco,
Obispo de Huelva

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