Adviento al alcance del corazón

 

En unos días más será Navidad y nos iremos conectando con los “sentimientos navideños”. Aunque para algunos las Fiestas son sinónimo de soledad, de tristeza, de ausencias, nada más lejano al verdadero espíritu de estas fechas. Me gustaría que pensemos, juntos, en tres de los valores que no pueden faltar en nuestra casa y en nuestro corazón en este mes de diciembre. Afortunadamente, no dependen de nuestra situación laboral y económica, son gratuitos, y están al alcance de cualquier mano, mejor dicho, al alcance de cualquier corazón. Son Ilusión, Esperanza y Alegría.

 

Ilusión: para la psicología, en su acepción más pura (y dura), la ilusión es una esperanza que no tiene fundamentos. En sentido simbólico, ilusión es un espejismo (algo que parece real pero que no lo es), figuradamente, puede decirse también que es la viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc. No se puede vivir de ilusiones, es decir, de imaginaciones que nunca se concretan, llenos de ideas que, por muy geniales que sean, nunca se realizan. Pero tampoco se puede vivir sin ilusión, sin ese cosquilleo en el estómago a la hora de comenzar algo, grande o pequeño: poner la mesa puede ser un acontecimiento festivo, saludar a alguien, dar un paseo andando. El mundo entero está ahí, frente a nosotros como un inmenso regalo de Dios, para que cada día lo vivamos con la misma ilusión que tienen los niños. Abrir los ojos a la “novedad” que es cada persona, cada encuentro, cada momento, muy especialmente en estos días, que son una nueva oportunidad para ser más buenos (otro valor en el que podríamos pensar es la bondad, en el sentido en el que nos la presenta santo Tomás: “el fin de la actividad externa de Dios no es la comunicación de su bondad, que es algo creado, sino su propia bondad. Este es el único fin de Dios, el único valor absoluto que para Sí mismo aprecia”. Por eso nos da a Jesús, para eso nos da a Jesús.

 

Esperanza: pero claro, una ilusión sin fundamento es fantasía, tontería, en un extremo patológico, sería locura… Nosotros sabemos que nuestra ilusión se fundamenta en la Esperanza, en la certeza de que lo mejor está por venir. La esperanza es la virtud por la cual el hombre pasa de suceder a ser. Siguiendo al Santo mencionado anteriormente, ha estado definida como “virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para llegar a ella con ayuda de Dios”. La vida eterna que es la plenitud del gozo, en pocas palabras, la felicidad. La esperanza nos recuerda, le recuerda a nuestro inquieto corazón, que ha sido creado para una aventura que tiene un hermoso horizonte: ser felices para siempre. Y que esto no depende de las circunstancias externas, aunque ellas nos limiten y condicionen. ¡Cuántos cautivos, náufragos, perdidos, han logrado sobrevivir gracias al fueguito de la esperanza! Poderoso motor es ella. Puede ser una propuesta para este tiempo de Adviento, poner de moda la Esperanza. Hay tantos pregoneros del desastre… ¿Por qué no agregar otros colores a lo que nos muestran cada día los medios de comunicación? Santo Tomás dice que es una virtud infusa, hay que pedirla, entonces, confiadamente.

 

Todo ello, para poder vivir como transmisores de la Alegría: ésta es una de las emociones básicas de la persona, junto con el miedo, la ira, la tristeza, el asco y la sorpresa. Es un estado interior fresco y luminoso, generador de bienestar general, altos niveles de energía y una poderosa disposición. La alegría es una emoción que se manifiesta en una acción constructiva, que puede ser percibida en toda persona, siendo así que quien la experimenta, la revela en su apariencia, lenguaje, decisiones y actos. Supone una predisposición natural, como tantos rasgos del temperamento humano pero, además, la alegría es una decisión. Vivimos momentos difíciles, apremiantes, donde el desánimo parece llevar la voz cantante y es más sencillo encontrar los defectos y fallos a todo antes que descubrir los dones, talentos y oportunidades ocultos bajo la máscara de la dificultad. Esta Navidad puede ser esa puerta a un nuevo comienzo en nuestras vidas, una nueva manera de vivir, de mirar la realidad y de situarnos en ella. Los pies en la tierra y el corazón en el cielo. Dios se hace hombre, decide encarnar la ilusión, la esperanza y la alegría para que nosotros podamos vivirlas. Para que podamos recibir la Palabra, que es este Niño, y vivir en “la alegría que da el Espíritu Santo aún en medio de las dificultades” (cfr.1 Tes 1,6).

Andrea Duarte,
consagrada del Movimiento de la Palabra.

 

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