Alegre encuentro de las familias con el Papa en Milán

Una representación de nuestra Delegación Diocesana para la Familia, encabezada por José Antonio García Morales y su esposa, Pepa González, han asistido al VII Encuentro Mundial de la Familia, celebrado en Milán entre los días 31 de mayo al 3 de junio, con el lema ‘Familia, Trabajo y Fiesta’.

El diácono permanente, José Antonio García Morales, cuenta en el siguiente testimonio como ha sido la experiencia de él con su familia:

«Recién llegados a Huelva después de haber participado en el Encuentro Mundial de las Familias de Milán, no podemos esperar para dar nuestras primeras impresiones y contar algunas de las muchas vivencias que allí hemos tenido.

Muy corta la representación de nuestra Diócesis, pero quienes hemos estado allí, os hemos tenido a todos permanentemente en el recuerdo y sabíamos que nosotros estábamos en vuestras oraciones.

La primera sensación que recibimos al llegar a la capital de La Lombardía, fue que estábamos en una ciudad inabordable, con una complicada red de transportes urbanos que no llegan a ninguna parte. Haces siete trasbordos y al final terminas andando 20 kilómetros. Pero Milán impresiona – sobre todo – porque es enormemente industrial, comercial, turística y multicultural. Allí parece que no ha llegado la crisis que asola al mundo y particularmente a Europa. Grandes edificios de cristal construidos y en construcción en una actividad frenética.

Pero dentro de lo que es tanto ruido y aparente desorden, también encontramos una ciudad amable con espacios para el encuentro con su gente y con quienes la visitábamos en estos días.

¡Qué alegría! cuando hemos abrazado a los representantes de Delegaciones de otras Diócesis con los que hemos compartido tantos acontecimientos gozosos en diversas circunstancias.

Su Santidad llegaba a Milán el viernes, 1º de junio, a las cinco de la tarde. Cientos de miles de fieles acudieron a recibirlo a la Plaza del Duomo. Allí se produjo un hecho inesperado, irrepetible y entrañable. El Papa avanzaba lentamente en su papamóvil. Nuestra nietecita Ana la teníamos en brazos por turnos. Es entonces cuando un escolta nos la pide y vuela hasta el Santo Padre que se para, la acurruca, la besa y la bendice. Cuando la niña volvió a nosotros, todo el mundo quería tocarla. Sabemos que con ella quedaron bendecidos todos los niños del mundo. Guardaremos este momento para siempre en nuestra memoria y en nuestro corazón.

El sábado, por la mañana, nos unimos a la Diócesis de Madrid y participamos en la Eucaristía presidida por el Cardenal Antonio María Rouco Varela que se celebró en la Basílica de san Ambrosio.

Por la tarde, la Fiesta de los Testimonios, con numerosas participaciones en torno a lo que ha sido el bien conocido lema del Encuentro: La Familia, el Trabajo y la Fiesta. Tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico.

Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano.

Llegábamos al domingo llenos de alegría por todo cuanto habíamos vivido en los días precedentes, pero esta alegría se convirtió en gozo desbordante al participar en la Eucaristía que el Papa celebraba ante una multitud incontable de peregrinos en el aeropuerto de Bresso.

Hasta la climatología se alió con nosotros con unas nubecillas y una brisa tenue que nos parecía estar en el cielo.

En su homilía dijo el Santo Padre, que la solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad que celebramos nos impulsa al compromiso de vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad.

Afirmó que la familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas.

Después se dirigió particularmente a los esposos, a quienes dijo: viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación. Cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en las debilidades.

También tuvo palabras para los más jóvenes, a los que se dirigió diciéndoles: pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor.

Finalmente todos pudimos escuchar palabras tan alentadoras e interpelantes como éstas: Queridas familias, vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil.

En fin, aquí estamos de nuevo. Ya hemos vuelto al quehacer de cada día y lo hacemos con energía e ilusión renovadas, con la fuerza y el estímulo que hemos recibido estos días en este Encuentro con el Papa que concluyó diciendo: Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las Diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.

5 de junio de 2012

 

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