Pentecostés: la fuerza que viene de lo alto

Pentecostés es la fiesta de la plenitud porque es el final de la Pascua y porque marca el comienzo del anuncio del Evangelio a todos los pueblos de la tierra. Para entender este acontecimiento hay que verlo como contrapunto del relato de Babel que aparece en el libro del Génesis. Dicho relato es una profunda reflexión sobre el totalitarismo como causa de los enfrentamientos, divisiones y falta de entendimiento entre los hombres. La pretensión de escalar el cielo para sentirse un dios siempre ha sido, aparte de ingenua, extremadamente peligrosa, porque genera rivalidad, desconfianza, incomunicación… La soberbia es la semilla de todos los males. Pentecostés es la antítesis de Babel y muestra un movimiento de convergencia entre los pueblos: hombres, venidos de todo el mundo, se entienden con el lenguaje del Espíritu porque tienen un solo corazón.

Pero hay que tener en cuenta que no se trata de la unidad construida a base de intereses personales o de grupos, en una especie de reparto de influencias e intercambio de mercancías, sino la unidad que brota del interior, es decir, de la conciencia de que todos somos uno y de que todo lo que se refiere a los otros se refiere también a uno mismo. El símbolo del árbol es profundamente ilustrador: por muchas que sean las hojas y las ramas, todas se unifican en el tronco y es eso lo que las mantiene vivas porque la savia viene de abajo.

Para llegar a esta visión de las cosas, hay que elevarse muy alto, hay que tener miras muy elevadas y ser capaz de ver el conjunto. A medida que nos elevamos a planos superiores, las particularidades, las diferencias, desaparecen. Quienes han tenido la suerte de viajar en naves espaciales saben que desde el cielo sólo se ven los continentes y que las fronteras no existen. Por eso se puede decir que los nacionalismos exacerbados, los racismos y otras cosas por el estilo son indicio de una mente raquítica y de miopía mental.

No es que lo individual o lo particular no cuente. Esto llevaría a la negación de los derechos del individuo. De lo que se trata es de comprender que los rasgos y elementos personales sólo tienen sentido si los situamos en el conjunto. Una vez más tenemos que defender el equilibrio entre la parte y el todo, entre el individuo y el grupo, entre el ser uno mismo y el ser con los otros, entre lo particular y lo universal. Radicalizarse en un extremo implica inestabilidad porque se pierde el equilibrio.

En Pentecostés no se unifican las lenguas, pues cada uno conserva la suya, pero todos entienden el discurso de Pedro. Lo plural -las lenguas- se equilibra con la unidad -el discurso-. ¿Tan difícil es comprender esto? Debe serlo porque, de lo contrario, lo que resulta difícil es entender el discurso de más de un político empeñado en sembrar la división y crear enfrentamiento con todos los que piensan, sienten, optan y viven de un modo diferente al suyo. ¿Tan inseguros están de lo propio que sólo saben defenderlo destruyendo lo ajeno?

Francisco Echevarría

Esta entrada fue publicada en Noticias y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Comments are closed.