JMJ: UNA GRAN FIESTA

Mis queridos hermanos y hermanas:

La Jornada Mundial de la Juventud ha sido una gran fiesta. Es difícil resumir en pocas palabras lo que hemos vivido y experimentado durante estos días en que hemos contado con la presencia del Santo Padre y sus mensajes y hemos visto una ciudad inundada por la alegría de los jóvenes venidos de todos los rincones del mundo. Yo lo resumiría así: una gran fiesta.

En primer lugar, ha sido una gran fiesta de la fe. Los jóvenes han sabido intuir que el personaje más importante de esta fiesta es Jesucristo. Esto se ha puesto de manifiesto cuando, desde el Papa hasta el último muchacho que estaba a muchos metros de la Custodia, adoraron en silencio al Señor en un momento que ha sido, quizás, el que más ha impresionado, no sólo a los que participábamos allí después de la tormenta, sino a toda la sociedad que, a través de la televisión, ha podido percibir ese silencio. Ahí estaba el secreto de esta fiesta: estos jóvenes, de una u otra forma, han intuido que Jesucristo resucitado está presente en medio de nosotros y que el Papa es su servidor y su testigo. El sucesor de Pedro ha venido para hablarnos de Cristo, para ayudarnos a encontrarnos con Él y para estimularnos a que le sigamos, a que seamos sus testigos en medio del mundo.

En segundo lugar, ha sido una gran fiesta de la fraternidad universal. Ya lo pudimos vislumbrar en los días previos en las diócesis. Jóvenes de distintas razas, culturas y pueblos se sentían parte de una misma realidad: la Iglesia. Su punto común era el amor y la fe en Jesucristo, todo ello, con el desafío de encontrarse y ayudarse mutuamente. Tantas banderas haciendo un mosaico de color, compartir los cantos y las danzas, ha sido una expresión muy hermosa de lo que es la Iglesia Católica.

Pero la JMJ también ha sido una fiesta del futuro. Vivimos en una sociedad en que los jóvenes muchas veces aparecen relacionados con noticias negativas, como ocurrió el mismo sábado de la Vigilia con la fiesta Rave en Getafe en la que fallecieron varios jóvenes a causa del consumo de droga. Sin embargo, aquellos que han participado en esta jornada han dado al mundo una buena noticia. Es posible ser joven y respetuoso con la sociedad; es posible ser joven y comprometido, ahí está el ejemplo de tantos miles de voluntarios. La vivencia de la JMJ ha colmado nuestro deseo de ver abrirse ante los jóvenes “horizontes de esperanza” en medio de la situación que vivimos.

A nivel diocesano, la JMJ también ha calado, ya que ayudará sobremanera a desarrollar el objetivo tercero de nuestro Plan Diocesano de Evangelización, centrado en este colectivo juvenil. Creo que los jóvenes que han participado en la acogida y en la jornada, junto a los sacerdotes que les han acompañado y el equipo de Pastoral Juvenil, nos ayudarán a realizar y concretar los mensajes que el Papa ha dejado. Una Jornada Mundial de la Juventud no acaba cuando despedimos al Santo Padre, sino que es entonces cuando comienza una tarea importante para hacerla viva en el día a día de nuestras parroquias.

+ José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva

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