HOMILÍA MISA PONTIFICAL DE PENTECOSTÉS 2011



 Homilía en la Misa Pontifical de Pentecostés

El Rocío, 12 de junio de 2011

 

-Queridos Hermanos:

-Don Ignacio, Obispo Emérito de nuestra Diócesis de Huelva.

-Don Santiago, Obispo Auxiliar de Sevilla.

-Sacerdotes concelebrantes y diáconos.

– Autoridades presentes.

-Presidente, Hermano Mayor y Hermandad Matriz de Nuestra Señora del Rocío, de Almonte.

-Hermandades y Asociaciones rocieras.

– Queridos hermanos y hermanas todos, especialmente, mayores y enfermos que os unís a esta celebración a través de la radio y la televisión:

Llenos de alegría y esperanza estamos reunidos junto a nuestra Madre, la Virgen del Rocío, para celebrar solemnemente la fiesta de Pentecostés. En esta fiesta, contando con la intercesión de María, esperamos que el Señor cumpla en nosotros su promesa, enviándonos el rocío del Espíritu Santo, para que seamos testigos valientes de la Buena Noticia de Jesucristo en medio de nuestra sociedad, marcada por una profunda crisis económica y moral, y nos haga capaces de aportar la luz que indique a los hombres, nuestros hermanos, el camino que conduce a un mundo renovado y fraterno.

Venimos al santuario de nuestra Reina y Patrona, cargados con las intenciones particulares y de las personas queridas, para presentarlas ante el Señor por intercesión de María, buscando salud para nuestros enfermos, paz para nuestros hogares, trabajo para los parados, luz para nuestras vacilaciones y fuerza para el corazón, que tantas veces se siente tambaleante y frágil.

Llevamos también nuestro corazón lleno de gratitud, porque en medio de las dificultades de la vida, no faltan los consuelos que Dios nos ofrece: reconocemos como don de Dios el nacimiento de los hijos, los años compartidos en el matrimonio, la salud recuperada, y tantos hermosos momentos de nuestra vida por los que nos sentimos llamados a cantar con María las misericordias del Señor.

En la fiesta de Pentecostés, el Señor nos repite sus palabras: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”[1]. Pentecostés es la fiesta de la misión de la Iglesia. Como cristianos estamos empujados a dar testimonio del Señor en medio de nuestro mundo, a pesar de nuestras debilidades. Los apóstoles eran débiles como nosotros, pero el Señor exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo[2]; y ese soplo suave del Señor se convirtió en viento recio el día de Pentecostés, en el que esos mismos apóstoles, fortalecidos por el fuego del Espíritu Santo, salieron por los caminos del mundo a manifestar el amor de Dios y a plantar la Iglesia como sacramento de salvación en todos los países del mundo. Esta es nuestra misión queridos hermanos y hermanas, misión que sólo podemos realizar contando con la fuerza del Espíritu de Dios, que hoy imploramos para todos de la mano de nuestra Madre la Virgen del Rocío.

La misión no es fácil, pero no podemos eludirla. El Papa Juan Pablo, recientemente beatificado, en esta misma Aldea del Rocío nos lanzó un mensaje que hoy, dando gracias por su beatificación, quiero recordar, para hacerlo resonar de nuevo en vuestros oídos. Su mensaje nos ayudará a tomar conciencia de nuestra participación como rocieros en la misión de la Iglesia.

El Papa que estuvo en El Rocío, valoró esta devoción a la Virgen, invitándonos a descubrir y a cuidar los fundamentos más originales de la misma. Nos decía: “…en las raíces profundas de este fenómeno religioso y cultural, aparecen los auténticos valores espirituales de la fe en Dios, del reconocimiento de Cristo como Hijo de Dios y Salvador de los hombres, del amor y devoción a la Virgen y de la fraternidad cristiana, que nace de sabernos hijos del mismo Padre celestial.”[3]

Desde el balcón que mira a la marisma, el 14 de junio de 1993, el Papa nos dijo: “Vuestra devoción a la Virgen, manifestada en la Romería de Pentecostés, en vuestras peregrinaciones al Santuario y en vuestras actividades en las Hermandades, tiene mucho de positivo y alentador, pero se le ha acumulado también, como vosotros decís, polvo del camino, que es necesario purificar”[4]. Y nos advirtió de un riesgo:“desligar la manifestación de religiosidad popular de las raíces evangélicas de la fe, reduciéndola a mera expresión folklórica o costumbrista, sería traicionar su verdadera esencia. Es la fe cristiana, es la devoción a María, es el deseo de imitarla lo que da autenticidad  a las manifestaciones religiosas y marianas de nuestro pueblo.”[5]

El Papa enamorado de María, nos marcó también un camino seguro y nos encargó una tarea concreta: “Os invito…a todos a hacer de este lugar del Rocío una verdadera escuela de vida cristiana, en la que, bajo la protección maternal de María, la fe crezca y se fortalezca con la escucha de la palabra de Dios, con la oración perseverante, con la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía. Éste, y no otro, es el camino por el que la devoción rociera ganará cada día en autenticidad.”[6]

No cabe duda de que el mensaje del Beato Juan Pablo II, en esta Aldea del Rocío, fue una intervención profética, que hoy debemos acoger de nuevo y llevar a la vida. Podríamos decir que, quizás, hoy es todavía más actual, por la situación en que se encuentra nuestra sociedad, sumergida en una crisis moral y económica. La crisis moral lleva al relativismo, y a vivir como si Dios no existiera. En esta situación, muchas personas se dejan llevar por formas de vida incompatibles con la vida cristiana[7].  La crisis económica origina mucho sufrimiento y lleva a muchos hombres y mujeres a la desesperanza. Los cristianos no podemos permanecer indiferentes ante este panorama, sino ofrecer todas las energías transformadoras que brotan del manantial del amor de Dios. Debemos sentirnos responsables de buscar con generosa creatividad las respuestas que recibimos del Evangelio, tanto para descubrir a las personas el sentido de la vida que sólo Dios puede dar, como para buscar los caminos solidarios que nos conduzcan a una sociedad más justa y fraterna.

Queridos hermanos y hermanas: de la mano de la Virgen María, la humilde doncella de Nazaret, afiancemos nuestra confianza en Dios Padre, confianza que nos ofrece la paz del corazón y el cimiento firme para poder afrontar con esperanza las dificultades del momento presente. Sin confianza no podemos avanzar.

De la mano de la Virgen María, Madre del Señor y Madre nuestra, retomemos el seguimiento de Cristo, el Pastorcito divino que nos guía por el camino del amor auténtico y nos invita a vivir una vida llena de generosidad, de entrega, de austeridad, y nos enseña a compartir con los hermanos cuanto somos y tenemos.

De la mano de María, Llena de Gracia, seamos dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, que nos permite abrir caminos allí donde sólo vemos callejones sin salida, y seguir peregrinando, haciendo el bien donde quiera que estemos.

La peregrinación al Rocío debe suponer para todos nosotros un momento de renovación espiritual. En la fiesta de Pentecostés debemos beber en la fuente viva que es Cristo y afianzar las raíces de nuestra fe. En esta renovación espiritual, como nos recordaba el Beato Juan Pablo II tienen un papel fundamental los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía. Precisamente en este año se han abierto en el Santuario dos nuevas capillas:

La capilla penitencial en la que, cuando venimos como la oveja perdida o como el hijo pródigo, podemos encontrarnos con el abrazo misericordioso del Padre, que nos permite renacer de nuevo y recuperar la vestidura bautismal de hijos.

Y la capilla del Santísimo Sacramento que nos recordará siempre la importancia de alimentar nuestra existencia con el Pan de Vida que es Cristo, y en la que podemos afianzar nuestra amistad con Él, disfrutando de su presencia y compañía en diálogo íntimo.

El día de su inauguración, dije a los asistentes que una madre siempre quiere ver a sus hijos limpios y bien alimentados, también María, nuestra Madre, nos quiere ver con el alma limpia y alimentados con el Cuerpo de su Hijo, que nos da vigor y fortaleza para vivir como auténticos discípulos suyos. Agradezco al Párroco, al Presidente y a la Hermandad Matriz, así como a todos los colaboradores, el que hayan llevado a término esta hermosa iniciativa que enriquece nuestro querido Santuario del Rocío.

Mis queridos hermanos rocieros y peregrinos: ¡Qué bien se está aquí![8] Demos gracias al Señor, que nos permite compartir esta experiencia de fe en la alegría y en la fraternidad. Quiero recoger todas vuestras intenciones para presentarlas al Señor en esta Eucaristía, contando con la intercesión maternal de María, Madre nuestra del Rocío. Quiero ante todo este año, pedir con vosotros, por las familias que se encuentran angustiadas por el problema del paro: que sepamos estar junto a ellas, que aprendamos a compartir generosamente, que alentemos su esperanza, para que no se dejen vencer por el desánimo, que encontremos caminos para que todos podamos disfrutar de un trabajo digno y estable.

Además, quiero pedir este año especialmente por todos los jóvenes, los jóvenes de nuestras Hermandades y los jóvenes del mundo entero, para que, acogiendo la invitación del Papa Benedicto XVI que los ha convocado a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, obtengan frutos abundantes de este acontecimiento de gracia. Que arraigados y edificados en Cristo sean firmes en la fe.

Santa María, Madre nuestra del Rocío, acompaña a los jóvenes, y a todos nosotros, para que seamos auténticos testigos del amor de Dios en nuestro mundo. Amén.

α José Vilaplana Blasco

Obispo de Huelva



[1]Jn 20, 21.

[2]Jn 20, 22.

[3]Mensaje del Papa a los rocieros, nº 2.

[4]Ibidem, nº 3

[5]Ibidem.

[6]Ibidem.

[7]Cfr. Monseñor Fernando Sebastián. Conferencia Reunión de los Obispos del Sur de España, 25-V-2011.

[8]Cfr. Lc 9, 33.

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