HOMILÍA MISA CRISMAL 2011



Mi querido hermano Don Ignacio, mis queridos hermanos sacerdotes, diáconos y fieles todos:

La Misa Crismal para el Obispo es un momento especial de gracia, un momento en el que el Señor permite ver con los ojos y con el corazón la alegría de sentirse acompañado y arropado por su presbiterio, la alegría de poder ver, a través de todos vosotros, a las distintas comunidades que formamos la Iglesia diocesana de Huelva. Permite ver con esperanza la realidad porque la bendición de los óleos y el Santo Crisma permiten percibir que el Señor cumple hoy, también hoy, entre nosotros lo que aconteció en Nazaret: el mismo Espíritu que descendió sobre el Señor para hacerle Mesías, Enviado, para sanar los corazones afligidos, anunciar el Evangelio a los pobres, sacar de las mazmorras a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, anunciando a todos un año de gracia del Señor… se cumple hoy aquí porque el Señor Resucitado está en medio de nosotros.

Es una Eucaristía que nos llena de consuelo porque en medio de las dificultades de nuestra peregrinación, en medio de nuestros cansancios y de nuestras debilidades, celebramos con alegría el Amor de Dios, que no falla nunca. Y podemos cantar de todo corazón lo que hemos expresado en el salmo: “¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor! ¿Anunciaré su fidelidad por todas las edades!” Porque el Señor nos mira y nos ama, como nos recuerda la lectura del Apocalipsis, siendo en medio de nosotros “el Testigo Fiel”.

Queridos hermanos y hermanas, la Misa Crismal nos recuerda que la Iglesia participa de la Unción de su Señor  porque está enviada, también como su Señor, a mostrar al mundo el rostro amoroso de Dios.

La Unción es para la Misión. Por eso, cuando nosotros hoy celebramos esta consagración del Santo Crisma con el que serán ungidos los bautizados, los confirmados, con el que realmente tomaremos conciencia de que Cristo, el Ungido, nos ha hecho partícipes de su misma Unción, tenemos que reconocer que, esa misma Unción, nos lanza a la misma misión de anunciar el Evangelio a los pobres, de abrir los ojos a los ciegos, las mazmorras a los cautivos y anunciar el año de gracia del Señor.

Me gustaría señalar en esta Misa Crismal de este año 2011 la dimensión misionera de toda la Iglesia. Porque la Iglesia ungida es, fundamentalmente, misionera. La Evangelización es su gozo y su responsabilidad. Y, precisamente en estos días, ha llegado hasta nosotros el documento de trabajo que se utilizará para el próximo Sínodo sobre la Nueva Evangelización y la Transmisión de la Fe. Un documento en el que, con mucho realismo, se habla de los desafíos de la sociedad actual, de los nuevos escenarios que tiene el mundo para la Evangelización, que son realmente nuevos: uno por la cultura, que prescinde lo trascendente; otro por el gran fenómeno de las migraciones, un mundo intercomunicado; el tercero, la fuerza de los medios de comunicación social; y, finalmente, la crisis mundial que actualmente padecemos. Es decir, un panorama que a la Iglesia le plantea unos desafíos nuevos. Y la Iglesia, con realismo, quiere afrontar esta misión que el Señor le ha encomendado. Nuestra misión es para este mundo. Nuestra misión es para estos escenarios. Nuestra misión tiene estos retos.

A mí me ha resultado sorprendente que el documento que prepara este próximo sínodo, y que a nosotros nos ayudará a desarrollar nuestro Plan Diocesano de Pastoral, que es un plan de Evangelización renovando nuestras parroquias… Me ha ayudado mucho porque no sólo dice que tenemos que pensar en los destinatarios de la Evangelización. Tenemos que pensar fundamentalmente, en este momento, en el sujeto de la Evangelización. En nosotros. Y no individualmente considerados como evangelizadores, sino como comunidad que toda ella está llamada a Evangelizar.

La pregunta sobre cómo evangelizar y cómo transmitir la fe hoy se convierte en una pregunta sobre la Iglesia, sobre sí misma: “¿Qué dices de ti, Iglesia, que has de Evangelizar?¿Cómo te sitúas ante el mundo? ¿Con qué fuerzas; con qué energías?¿Sólo con las del Señor?” Pero, desde esta convicción -la Iglesia como sujeto evangelizador- debe interrogarse, debemos interrogarnos, para ver si estamos siendo esa Iglesia capaz de conectar con el mundo con un estilo nuevo; capaz de mantener lo más fundamental de nuestra fe sin titubeos, ofreciéndolo como el gran regalo, el gran don para nuestra sociedad; viviendo una experiencia fraternal que sea realmente significativa, de tal manera que puedan decir “mirad cómo viven los creyentes”, con humildad, porque nunca nos debemos presentar como modelos, pero sí como personas tocadas por la gracia, tocadas por el Evangelio, para poder generar entre nosotros unas relaciones de discipulado que nos ayuden a mostrarnos siempre como auténticos seguidores de Jesús.

Y un estilo auténtica y verdaderamente fraternal y comunitario, que nos permita situarnos en medio del mundo, no como individuos, sino como Iglesia que vive intensamente la fraternidad, como personas que, por ser discípulos, sentimos la alegría de la presencia del Señor, como personas que sintiéndonos hermanos nos ayudamos mutuamente y nos complementamos. Sólo un discipulado auténtico y una fraternidad vivida con intensidad nos permitirán ser testigos creíbles de Jesús en medio de nuestra sociedad. Por eso, la llamada a la misión, por supuesto que hemos de pensar en los destinatarios de la misión, pero sin olvidar que sólo una Iglesia evangelizada será realmente una Iglesia evangelizadora; que sólo una Iglesia empapada de la presencia del Resucitado será una Iglesia capaz de comunicar al mundo y contagiar la alegría de la presencia de su Señor; que sólo una Iglesia realmente fraternal en la que todos compartimos, será capaz de presentar el rostro amoroso de Dios que hace de los hombres familia, comunidad.

No estamos solos, queridos hermanos. La Misa Crismal nos recuerda que el Señor derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Nos unge con la fuerza que Jesús mereció con su muerte para nosotros. Esa es nuestra fuerza y, por eso, afrontar la Nueva Evangelización en estos escenarios desafiantes en los que nos ha tocado vivir, supone, sobre todo, renovarnos espiritualmente. Es decir, dejarnos conducir por el Espíritu de Dios. En una actitud de pobreza, de humildad, de sencillez. Pero reconociendo, como María, que el Señor hace obras grandes en lo pequeño, cuando lo pequeño se pone en las manos de Dios.

Por eso, mis queridos hermanos, especialmente vosotros sacerdotes,                que tenéis este papel tan importante de animadores y servidores de la comunidad cristiana, y que hoy vais a renovar las promesas sacerdotales, pido al Señor que abra de par en par nuestro corazón para que nos dejemos impulsar por el Espíritu del Señor , echando de nuevo las redes, obedientes a la Palabra del Señor. Que pongamos más la mirada en el Señor que en nuestros propios cansancios. Que nos fiemos más de la fuerza del Evangelio que de las dificultades, porque el Amor es más fuerte que todas las dificultades del mundo. Así ha vencido Cristo, con esa victoria del Amor, que es nuestro único tesoro. Pero que Él lo pone en nuestros corazones por el Espíritu Santo que derrama sobre nosotros. El Espíritu del Señor ha sido derramado en nuestros corazones para que nosotros podamos amar con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Y no cabe duda de que el Señor, en medio de este camino, también nos ofrece consuelo.

Quiero subrayar con mucha alegría lo que ha supuesto para toda la Iglesia diocesana lo que ha supuesto la visita de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud. Ha sido como un aire fresco que ha recorrido nuestras comarcas y nuestros arciprestazgos. Ha sido como un aliento, como una fuente fresca que nos ha permitido ver cómo la Cruz de Cristo atrae. Porque el hombre, aún sin saberlo, desea el amor y la Cruz nos recuerda siempre que hemos sido amados hasta el extremo. Y cuando nosotros somos capaces de unir nuestras fuerzas, cuando nosotros somos capaces de convocar de nuevo con ánimo, el Señor nos permite también tener las experiencias que, estoy convencido, que guardáis en vuestro corazón todos los que habéis sido, de una u otra forma, testigos de ese acontecimiento de gracia que hemos vivido.

Yo doy gracias al Señor y doy gracias a todos los que habéis hecho ese esfuerzo, porque ha puesto de manifiesto que cuando cada uno de nosotros aporta los mejor de sí mismo para el bien común, para la Evangelización, somos capaces de generar en medio de la sociedad unos acontecimientos esperanzadores, bellos, atrayentes, que muestran la vitalidad de la Iglesia. Por eso, estoy convencido de que este acontecimiento nos estimulará a seguir trabajando, especialmente, por los jóvenes, por las familias, por los pobres.

Ha sido consoladora la presencia de la Cruz en medio de la cárcel, en los hospitales, donde el sufrimiento está de una manera especial presente. Una comunidad que evangeliza llevando como única arma la Cruz de Jesucristo, el signo del amor más grande, es una comunidad que vivirá siempre poniendo en el centro de su vida al Señor Resucitado. Es una comunidad que pondrá, también, con nuevas iniciativas sociales y caritativas, al pobre en medio de nosotros. Y es una comunidad que contagiará alegría porque se siente siempre rejuvenecida  por su Señor.

Demos gracias a Dios y descubramos cómo aportando, insisto, lo mejor de nosotros mismos, podemos generar esos acontecimientos que muestran la belleza de la Iglesia. Ha sido un cántico a la unidad. Distintos grupos, de diferentes estilos, que formamos la Iglesia Diocesana, todos unidos entorno a la Cruz de Cristo: “cuando Yo sea elevado encima de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Demos gracias, pues, al Señor que nos permite celebrar esta Eucaristía, que nos lanza de nuevo a la misión con la unción del Espíritu Santo. Una Eucaristía en la que queremos dar gracias a Dios por el sacerdocio, por el seminario, por todos los que serán ungidos con estos óleos que vamos a bendecir. Pero hay una gratitud especial a Dios por nuestro hermano Paulino, agustino, que celebra este año sus bodas de oro sacerdotales. Hay otro agustino que celebra las bodas de plata, pero que está en Roma, el Padre Esteban. Damos gracias a Dios por vosotros. Recordamos a nuestros misioneros, Emigdio y Vicente. Recordamos también con gratitud y con afecto a nuestros hermanos sacerdotes que han muerto, Don José Miranda, que como sabéis murió rezando esa oración tan simple que él dijo que se había quedado con ella, sólo diciendo a Dios: ¡Abba! ¡Abba! (¡Padre!). Y por nuestro querido Don Hilario, nuestro organista. También recordamos a Don José Cejudo, el párroco de Aroche, sacerdote que en este momento está ingresado (una cuestión de pulmón, pero que parece que no es especialmente grave). Y, cómo no, a nuestros sacerdotes mayores que no pueden estar presentes entre nosotros, pero que continúan gastando y desgastando su vida en la oración y en la entrega, acordándose siempre de la Diócesis y de todos nosotros. Nosotros queremos corresponder también con afecto a estos queridos hermanos sacerdotes que nos han dado el testimonio de una vida fiel al Señor. Que así sea.

Martes Santo. Homilía de nuestro obispo, José Vilaplana Blasco, en la Misa Crismal. 19 de abril  de 2011.

 

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