PARROQUIA: COMUNIDAD DE SEGUIDORES DE JESÚS. CARTA PDE 2010-2014



“Parroquia: comunidad de seguidores de Jesús”

Mis queridos hermanos y hermanas:

“Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). Estas palabras del Señor que marcan la misión evangelizadora de la Iglesia, suenan siempre nuevas en los oídos de los cristianos -nosotros- llamados a continuar esta tarea en el lugar y en el tiempo que nos ha tocado vivir.

Al iniciar nuestro Plan Diocesano de Evangelización, centrado en la renovación de nuestras parroquias, no podemos olvidar esas palabras del Señor, siempre actuales, ni podemos olvidar tampoco la promesa que las puede hacer eficaces: “Yo estoy con vosotros” (Mt 28, 20).

Un Plan de Pastoral es un instrumento -humilde y sencillo-, una herramienta, una ayuda que nos permite afrontar juntos la importante misión que el Señor nos encarga. No puedo dejar de recordar el capítulo 21 del Evangelio de Juan, en el que Pedro va a pescar y los compañeros le dicen “vamos contigo”. Van juntos, pero la pesca en un primer momento fracasa. El Señor se hace presente y les invita a echar de nuevo la red. Obedecen el mandato del Señor. Hacen lo mismo que habían hecho toda la noche y, ahora, recogen la red repleta de peces.

En un Plan de Pastoral se nos proponen acciones que hemos realizado muchas veces, sin conseguir demasiado. Sin embargo, si captamos que el Señor nos invita de nuevo a echar la red, junto con nuestros hermanos, la acogida confiada y sincera de la propuesta del Señor puede hacer fecunda nuestra labor. No se trata de hacer cosas nuevas, sino de hacer de manera nueva -especialmente con nuevo ardor- lo que tantas veces nos sigue recordando el Señor: amar, servir, anunciar. Afrontar la tarea de cada día con actitudes nuevas, que manifiesten nuestra conciencia de que el Señor está en medio de nosotros y que nosotros queremos obedecer a su voluntad, es lo que da fecundidad a nuestro trabajo.

1. Actitudes fundamentales.

Las actitudes fundamentales de la vida de un cristiano son:

a) La confianza en Dios Padre, que cuida amorosamente de nosotros, sus hijos; que no nos abandona nunca, aunque los momentos de nuestra historia se llenen de sombras. Esta confianza nos permite abandonarnos en sus manos providentes y afrontar la vida y las tareas con paz y esperanza. En una comunidad parroquial ha de respirarse este clima de serena confianza. Hemos de mostrar que nuestra vida está cimentada sobre un fundamento sólido, que nos permite mantenernos firmes a pesar de los vendavales que nos combaten.

b) El seguimiento de Jesús, el Hijo de Dios, nuestro único maestro. Él nos invita a crecer siguiendo sus huellas y no deja que nos instalemos en nuestra mediocridad, quedándonos a mitad del camino. Su seguimiento nos va configurando con Él y así vamos aprendiendo a amar como Él nos amó. Este seguimiento es una conversión continua. Cuando los fieles de una parroquia se sienten llamados al seguimiento de Jesús y se genera esta dinámica, desaparecen las rivalidades, dejamos de mirarnos como competidores, y nos ayudamos unos a otros a crecer en Cristo.

c) La docilidad al Espíritu Santo, que es el agente principal de la evangelización y nos da la fuerza para que continuemos la misión de Jesús. Él regala los carismas con los que cada uno hemos sido enriquecidos y nos empuja a la unidad (cfr. Cor 12, 4-11) para que compartamos esos mismos dones para bien de todos. Él nos concede la necesaria creatividad para hacerlo todo nuevo. Una parroquia en la que sus miembros desean ser dóciles al impulso del Espíritu, es una parroquia que busca respuestas a las cuestiones nuevas que se plantean en su entorno y no se agobia ante las dificultades porque sabe que Dios cumple su promesa: “Os infundiré mi espíritu y viviréis” (cfr. Ez 37).

Pidamos al Señor que podamos iniciar nuestro Plan Diocesano de Evangelización con estas actitudes. Éstas nos librarán del pesimismo, del estancamiento y de la rutina.

2. Parroquia renovada.

La misión del Señor es muy amplia, abarca toda nuestra persona y todo el mundo. Las tareas son múltiples y los problemas que hemos de afrontar son muy complejos y variados. Todo no lo podemos hacer de golpe. Es preciso ser humildes, y aceptar el ritmo del crecimiento, que es una dimensión fundamental de las personas. Por eso, nuestro Plan de Pastoral, quiere ser humilde y centrar la atención en una realidad en la que confluyen y de la que brotan algunas dimensiones fundamentales de la vida cristiana: la parroquia, el lugar privilegiado de la Iniciación Cristiana y el ámbito en el que nos educamos, celebramos y testimoniamos la fe.

La parroquia está siempre necesitada de renovación constante, no sólo porque está al servicio de una sociedad que cambia muy rápidamente con transformaciones profundas, sino porque está formada por personas frágiles y pecadoras que, sostenidas por la misericordia de Dios vamos creciendo hacia Aquel que es la cabeza (cfr. Ef 4, 15-16).

Recuerdo, con emoción y gratitud, el último encuentro que tuve con el Papa Juan Pablo, dos meses antes de su muerte. Ya no podía casi hablar, pero nos dio por escrito al grupo de obispos españoles que le visitábamos un discurso en el que nos decía: “Os quiero recordar que en la transición histórica que estamos viviendo debemos cumplir una misión comprometedora: hacer de la Iglesia el lugar donde se viva y la escuela donde se enseñe el misterio del amor divino”. (Visita ad Limina. 24 de enero de 2005). ¡Qué intuición tan importante para la renovación de la parroquia! Hacer que la parroquia sea un lugar donde se viva y una escuela donde se enseñe el Amor de Dios.

3. Parroquia comunidad.

Permitidme, queridos hermanos y hermanas, que os repita unas palabras que os dirigí en la primera Vigilia de Pentecostés que compartí con vosotros: que nuestra Iglesia sea una comunidad de discípulos, de hermanos y de testigos. Estas palabras quieren expresar la invitación a las relaciones nuevas con el Señor, con nuestros prójimos y con el mundo. Renovamos nuestra vida cuando renovamos nuestras relaciones con los demás. Si no hay relación no hay comunicación. Si la relación no es buena hay rupturas. Si la relación es positiva crecemos juntos. Reflexionemos un poco sobre esto.

a) -Comunidad de discípulos: todo los que formamos la parroquia somos discípulos del Señor. Desde el párroco hasta el niño más pequeño de la catequesis. Todos aprendices. Todos caminando tras las huellas de Jesús, que nos dijo: “os he dado ejemplo…” (Jn 13, 15). Ser discípulo no significa sólo aprender una doctrina, unas ideas, significa “estar” con el Maestro, imitar sus actitudes, practicar sus enseñanzas, dejarse corregir por Él.

Cuando en una parroquia todos nos sentimos discípulos van desapareciendo los protagonismos. Ya no nos miramos como competidores, sino como condiscípulos que vamos descubriendo que el mayor es el que sirve.

b) -Comunidad de hermanos: “Uno sólo es vuestro Padre y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8). Esta palabra de Jesús ha de constituir el gozo y la tarea de una parroquia que se siente “familia de los hijos de Dios” -como reza el lema de nuestro Plan Pastoral-. Cuando vivimos como hermanos y nos reconocemos como tales nos introducimos en el designio de Dios, que ha querido hacernos hijos suyos, sacándonos del aislamiento, del individualismo, y nos incorporamos al Reino de su Hijo; Dios “quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa” (cfr. L.G. nº 9).

Redescubrir la dimensión comunitaria de la fe, esto es: acoger al otro como hermano, sentirnos unidos en una misma familia, reconocernos como miembros activos del Cuerpo de Cristo, perteneciendo a una comunidad en la que somos corresponsables unos de otros, es una tarea imprescindible para renovar nuestras parroquias. El signo más elocuente y la manifestación más plena de esta fraternidad es la celebración de la Eucaristía, especialmente la del Día del Señor, en ella se estrechan fuertemente los lazos de la fraternidad de los cristianos. “Formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (Cor 10, 17).

c) -Comunidad de testigos: Una parroquia no vive para sí misma, ni cerrada a la realidad. Todo lo cristiano, las personas y las instituciones han de reflejar la misión de Jesús, que vino a mostrar el amor de Dios a todos los hombres y cumplió esta misión haciéndose cercano, servidor, entregado por todos, con el amor más grande: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Todos los que formamos parte de la comunidad cristiana debemos sentirnos urgidos a continuar esta apremiante misión, compartiendo con todas las personas que nos encontremos lo que hemos recibido. “Un evangelizador es un pobre que dice a otro pobre donde dan de comer”. Esta es la experiencia fundamental de nuestra vida: hemos tenido la suerte de sentarnos en la mesa del Señor y en esa mesa caben todos los hombres. Hemos de salir a los caminos y a las plazas para decir a todos: en esa mesa tienes sitio. El Señor te ama y te invita.

Esto se puede decir con palabras y con signos, cuando los hombres y mujeres de nuestro mundo perciben en nuestra forma de vivir unos rasgos que recuerdan a Cristo. “En esto conocerán que sois mis discípulos en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35). Os recuerdo también las palabras que me dirigió el Papa Benedicto, cuando me envió a vosotros como obispo: “pedimos para ti la fortaleza de los dones del Espíritu Paráclito, para que de tal modo apacientes a los fieles que se te confían, que lleguen a ser testigos creíbles de Cristo Redentor y de su Evangelio, con palabras y especialmente con las obras, pues, como decía nuestro predecesor San Gregorio Magno: “Cree de verdad quien cumple con los hechos lo que cree”. (Carta Apostólica de nombramiento como Obispo de Huelva).

4. Orientaciones básicas.

Constatamos, muchas veces con dolor, que nuestras parroquias están formadas por muchos bautizados cuya fe o no se ha formado, o se ha difuminado, con las presiones que ejerce la cultura ambiente, por nuestras propias faltas de testimonio, etc. Un desafío apremiante de nuestras parroquias es trabajar, con la ayuda del Espíritu Santo, para que nuestros bautizados sean de verdad creyentes. En el Plan Pastoral encontraréis propuestas para afrontar juntos esta importante labor que nos invita a mirar especialmente a los “alejados”, a acogerlos con alegría, a proponerles con sencillez el mensaje central del Evangelio y acompañarlos pacientemente en su reencuentro con Cristo y con su Iglesia.

Otra línea transversal que recorre el nuevo Plan es ayudar a redescubrir la dimensión comunitaria de la fe, es decir, hacer que nuestras parroquias sean comunidades. Con la ayuda del Espíritu Santo hemos de reflejar el tejido comunitario de nuestras parroquias, ofreciendo, sobre todo, ámbitos para unas nuevas relaciones. Hay muchas actividades parroquiales que no crean relación Debemos potenciar aquellas iniciativas que nos hagan sentir partícipes y miembros de una misma familia, especialmente en torno a la Eucaristía del Día del Señor.

Finalmente, nuestro proyecto intenta que nuestras parroquias, en las que la Iglesia se hace cercana a los pueblos, a los barrios y viviendo entre las casas de los hombres, se perciba como una Iglesia servidora, que refleje el rostro misericordioso de Dios, manifestado en la humanidad de Jesús.

Para ir avanzando en esta dirección es fundamental que los sacerdotes nos entreguemos como pastores a esta misión; que nuestros laicos estén bien formados para poder inyectar la fuerza del Evangelio en nuestra sociedad; que nuestros jóvenes encuentren en Cristo el Camino y nos ayuden a introducir aire fresco en nuestras comunidades; que padres e hijos al celebrar los sacramentos de la Iniciación Cristiana vayan redescubriendo la riqueza de los sacramentos y consoliden y personalicen su fe; que los pobres sean acogidos y servidos en nuestra Iglesia como merecen; y que la piedad popular, tan arraigada en nuestro pueblo, se convierta en una posibilidad de difusión del Evangelio.

Os ruego, queridos hermanos y hermanas, encarecidamente, acojáis las orientaciones del Plan Pastoral de Evangelización con esperanza y lo pongáis en práctica con generosidad. A vosotros, queridos hermanos sacerdotes, como pastores y servidores de la comunidad, muestro mi profunda gratitud y os confío estas tareas animándoos a que descubráis vuestro decisivo papel en la renovación de las parroquias; sabéis que vuestra implicación es fundamental para que el Plan se lleve a cabo. A todos, queridos diáconos, religiosos y fieles laicos, especialmente a los que trabajáis en la catequesis, la liturgia y la caridad, os agradezco sinceramente vuestra colaboración, esperando que continuéis realizándola con dedicación y alegría.

Encomendamos a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, este Plan Pastoral sobre la Parroquia. Ella es la Madre de esta familia que es la Iglesia y el modelo de fidelidad al plan que Dios le manifestó. Que sus actitudes sean nuestras actitudes y que el Espíritu Santo que la hizo fecunda, haga también fecundo nuestro trabajo.

Con mi afecto y bendición.

α José Vilaplana Blasco
Obispo de Huelva

Huelva, 8 de septiembre de 2010. Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.

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