HOMILÍA MISA PONTIFICAL DE PENTECOSTÉS



Mis queridos hermanos obispos, presbíteros y diáconos.

Querida Hermandad Matriz, Hermandades y Asociaciones de Nuestra Señora del Rocío.

Queridas Autoridades presentes,

Queridos hermanos y hermanas todos,

especialmente enfermos y mayores que compartís esta celebración a través de la radio y la televisión.

Llenos de alegría nos reunimos un año más para dar gracias a Dios, al celebrar la fiesta de Pentecostés junto a nuestra Madre, la Virgen del Rocío, celestial Patrona de Almonte. Ella, como hizo con los Apóstoles, nos acompaña hoy en la oración a los discípulos de su Hijo.

La fiesta de Pentecostés es la plenitud de la Pascua. El soplo suave de Jesús –exhalando su aliento sobre sus Apóstoles, encerrados por miedo–, se convierte en viento impetuoso que abre las puertas y hace que el Evangelio sea proclamado, con la palabra y con las obras, a todos los pueblos de la tierra.

Nosotros estamos aquí, con María, nuestra Madre, confiando en que el Señor repita este mismo prodigio en todos nosotros. Nos acogemos a Ella, rogamos con Ella, y queremos aprender de Ella la docilidad al mismo Espíritu que obró, en su humildad, tantas maravillas.

“Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21). Dios Padre envió a su Hijo como luz del mundo y nos ha encargado a nosotros esa misma misión. Con la fuerza del Espíritu Santo estamos llamados a ser con Cristo Luz del mundo. El Concilio Vaticano II  dice: “Cristo es la Luz de los pueblos. Por ello, este Sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura, con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia” (LG, 1).

Contemplemos a María en el misterio de la Iglesia, descubriendo cómo en Ella brilla perfectamente esta luz. Contemplemos a María como gota transparente de rocío, que refleja la luz del sol. Ella es, desde su concepción, la Pura y Limpia, en la que el pecado no ha dejado su huella. Ella es la humilde servidora, obediente a la Palabra de Dios, que guarda en su corazón y cumple con fidelidad. Ella es la llena de misericordia, que ayuda, con presteza y diligente mirada, las necesidades de sus semejantes. Ella es la mujer fuerte, que está de pie junto a la cruz de su Hijo, compartiendo sus dolores y acogiendo como Madre a toda la humanidad. Ella es la Reina de los Cielos, que participa del triunfo de su Hijo resucitado y aparece como figura y modelo de la Iglesia, que espera ser lo que Ella ha sido. En resumen, María es Evangelio vivido, modelo de vida cristiana. Sí: gota de rocío resplandeciente, porque está llena de Dios, llena de gracia.

Nosotros estamos llamados a ser como Ella. ¡Cómo recuerdo las primeras veces que observé en la mañana, en los campos de mi pueblo natal, esas miles de gotas de rocío que colgaban de las hojas tiernas de la hierba, y que al recibir los primeros rayos del sol producían el espectáculo maravilloso de hacer que el prado estuviera como cuajado de brillantes. Esto es lo que los cristianos hemos de ser en el mundo. Cristo nos dice: “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt. 5, 16).

Podremos ser esta luz si, como María, nuestra vida es más evangélica, si nuestras palabras son portadoras de la verdad, que es Cristo, y si nuestras obras son coherentes con nuestras palabras. Es necesario que seamos testigos de Cristo con nuestro hablar y nuestro hacer, guiados por el Espíritu Santo.

Hoy se espera de nosotros, los cristianos, un testimonio más creíble, que se exprese, ante todo, en un amor generoso, en una caridad auténtica. Caridad que no queda nunca más acá de la justicia, sino que va siempre más allá de ella. Caridad que ha de manifestarse, sobre todo, en la defensa de la vida humana, desde antes del nacimiento hasta su muerte natural, y en el compromiso por aliviar el sufrimiento que viven hoy tantos hermanos nuestros, afectados especialmente por la situación del paro.

El pasado lunes recibí un email de un joven que se expresaba así: “No aspiro a nada: solamente a trabajar y poder subsistir… Me despierto sobresaltado y angustiado, pensando que soy un fracaso como hombre y como marido, por no poder llevar la subsistencia a mi casa… Ni mi esposa ni yo tenemos tan siquiera derecho a prestación alguna por desempleo… Intento razonar, y pensar en mi esposa y en nuestra hija que está a punto de nacer, pero sólo veo mi fracaso personal”. Estas expresiones son también el eco de muchas otras personas que pasan por esta situación, y esto no nos puede dejar indiferentes.

Queridos hermanos y hermanas: mirando a estas personas, con los ojos de misericordia de nuestra Madre, la Virgen del Rocío, todos debemos sentirnos responsables para buscar una respuesta verdadera, pronta y satisfactoria a este desafío de nuestra sociedad. Desde nuestras responsabilidades políticas, sociales y eclesiales, trabajemos sin descanso en esta tarea de hacer posible salir cuanto antes de esta situación. Que los bienes que Dios nos ha dado sean compartidos por todos, y construyamos una sociedad que sea realmente una familia unida y solidaria.

A todos vosotros, los que estáis sufriendo por cualquier motivo, os encomendamos ahora y siempre a nuestra Madre del Rocío, y os ponemos en sus manos. No dejéis que os venza el desánimo o la desesperanza. Estamos a vuestro lado. Confiad.

Llamados a ser luz, los cristianos no siempre dejamos que la luz brille en nuestras vidas. La debilidad y el pecado ensombrecen muchas veces nuestra realidad, y es preciso reconocer con humildad nuestras culpas, y buscar el perdón y la reconciliación que Dios nos ofrece.

El Santuario del Rocío es un lugar de perdón y de paz, de purificación y de reconciliación. La Madre, con ternura y piedad, ofrece una invitación, suave y fuerte, al mismo tiempo, para que sus hijos encontremos la limpieza del corazón y el alivio de nuestras almas. ¿No es cierto?

Este año nuestro querido Papa Benedicto XVI ha querido que sea un Año Sacerdotal. Se ha fijado en un sacerdote santo: el Cura de Ars, que hizo de aquella pequeña aldea un “hospital de las almas”, por medio del sacramento de la penitencia, que administraba generosamente durante largas horas.

Hoy me pregunto con vosotros: ¿no es, acaso, también el Rocío un verdadero hospital de las almas? Atraídas por el amor maternal de María, ¡cuántas personas venimos aquí para encontrar el bálsamo que cure las heridas de nuestro corazón! ¡Cuántas personas, agarradas a la reja, y puesta su mirada en la Virgen, descansan en Ella sus preocupaciones, y encuentran consuelo para su espíritu! Con María, la desesperanza se convierte en confianza; el desánimo, en aliento; la preocupación por la salud, en fortaleza; el reconocimiento humilde del pecado, en camino de conversión y de penitencia.

Sí: la Madre nos toma de la mano y nos conduce al manantial de la misericordia de Dios, para que experimentemos en el sacramento, la alegría del perdón y la paz del alma. Sí: la Madre nos muestra al Pastorcito divino, al Buen Pastor –Camino, Verdad y Vida–, que nos dice, a través del sacerdote: tus pecados están perdonados, sígueme.

En este año sacerdotal, quiero decir una palabra de gratitud y reconocimiento a los capellanes de las hermandades del Rocío que os acompañan en el camino, iluminándoos con la palabra de Dios, partiendo el pan de la eucaristía y acogiéndoos en el sacramento del perdón. Gracias, queridos hermanos sacerdotes: sois un don de Dios para la Iglesia y para el mundo.

Deseo también felicitar al párroco y a la Hermandad Matriz de Almonte, porque van a convertir la antigua capilla de las velas –que ha sido tan acertadamente trasladada–, en Capilla Penitencial, para que los penitentes puedan ser mejor atendidos. El párroco y la Hermandad me han solicitado también que el templo del Rocío pueda ser reconocido por la Santa Sede como Santuario Internacional, para lo cual hay que iniciar unos pasos previos. Con agrado he acogido esta propuesta, y he puesto en marcha el expediente para lograrlo: todo ello tiene como finalidad garantizar que este lugar sea un centro que conserve e irradie una auténtica experiencia cristiana: que de la mano de María, la Madre de Dios, nos encontremos con su Hijo Jesucristo, el Pastor que orienta nuestras vidas, el médico de los cuerpos y de las almas, el único Salvador del mundo. Y demos gloria a Dios Padre, conducidos por el Espíritu Santo.

Hermanos y amigos: vivamos con alegría y esperanza este Pentecostés. Dejémonos renovar por el Espíritu, para caminar en una vida nueva. Y, confiados, digamos a nuestra Señora:

Madre nuestra del Rocío, gracias por acogernos como hijos.

Ruega por nosotros, y acompáñanos en el camino, para que mostremos al mundo la belleza del Evangelio de tu Hijo.

Amén.

                Fiesta de Pentecostés. El Rocío, 23 de mayo de 2010

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