HOMILÍA XXV ANIVERSARIO ORDENACIÓN EPISCOPAL DEL SR. OBISPO



Fiesta de la Sagrada Familia y XXV Aniversario de mi Ordenación Episcopal

Huelva, 27 de diciembre de 2009

                 Queridos hermanos y hermanas:

I. “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades” (Salmo 99, 9). Con estas hermosas palabras del salmo quiero expresar con todos vosotros mi sincera gratitud al Señor y cantar las maravillas de su amor, que siempre nos precede.

Me alegra mucho vuestra presencia en esta solemne Eucaristía, que podemos compartir como miembros de la gran familia de los hijos de Dios. “Mirad qué amor tan grande nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”  (I Jn 3, 1).

Dirijo mi saludo, en primer lugar a nuestro querido Obispo Emérito, Don Ignacio, que se une a nuestra acción de gracias desde el Hospital. Nosotros también nos unimos a él con todo afecto y pedimos al Señor le conceda una pronta recuperación.

Saludo a mis queridos hermanos sacerdotes de Huelva: Vicarios, Cabildo Catedral, concelebrantes, y a mis queridos hermanos sacerdotes de Santander, que, con el Vicario General, han querido estar presentes en esta celebración.

Os saludo a todos, queridos diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, fieles laicos, y, especialmente, a los Delegados de Pastoral Familiar, y a todos los que trabajáis con tanto empeño en favor de la familia cristiana.

Permitidme que salude y exprese mi gratitud a mi querido hermano Rafael, que cuidó tan entrañablemente a mi madre hasta su muerte, y ahora acompaña tan generosamente a mi padre. Hoy representa aquí a toda mi familia y a mi pequeño y querido pueblo de Benimarfull.

II. “El Señor es bueno”.

Reconozcamos su bondad. Él es la fuente de la bondad, el Padre del que procede todo bien. Él mima con cariño a todas sus criaturas ( cf. Sab. 11).

El Señor nos hace partícipes de su bondad. Nos ha dado la vida y nos ha hecho a imagen y semejanza suya. Y nos concede experimentar esa bondad en el seno de nuestras familias, en el regalo de nuestros padres, en las relaciones fraternas, en el calor de un hogar en el que somos queridos y valorados, no por lo que tenemos o hacemos, sino por lo que somos.

Quiero dar gracias a Dios por la bondad que ha tenido conmigo. Hace veinticinco años, sin ningún mérito por mi parte, el Señor se fió de mí (cf. I Tm 1, 12) y me concedió la gracia y la misión de ser Obispo, Sucesor de los Apóstoles, para vuestro servicio.

Fui nombrado por el recordado Papa Juan Pablo II y presidió mi ordenación episcopal mi admirado Arzobispo de Valencia, Monseñor Miguel Roca Cabanellas.

Durante este cuarto de siglo, el Señor me ha concedido experimentar su bondad en el seno de la Iglesia, a la que pertenezco desde mi Bautismo, a la que serví como presbítero durante doce años. Siendo con vosotros cristiano y para vosotros obispo (cf. San Agustín), durante estos años el Señor ha ampliado el horizonte y la responsabilidad de mi servicio pastoral, dándome la oportunidad de conocer a tantas personas buenas, testigos de la fe, en la Diócesis de Valencia, de Santander y de Huelva; y también me ha permitido estar en otros lugares del mundo, especialmente en América Latina y en África. ¡Qué gran familia! ¡La Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios!

¿Cómo no agradecer al Señor el haberme encontrado en las visitas pastorales, a tantos niños a los que les he hablado de Jesús como el Buen Pastor? ¿Cómo no bendecir al Señor por haber podido peregrinar y compartir tantas hermosas experiencias con los jóvenes, presentándoles a Jesús como Camino, Verdad y Vida?

Cuanta gratitud debo manifestar al Señor por haber conocido a tantas familias, verdaderas iglesias domésticas (cf. Lumen Gentium 11) y santuarios de la vida, en las que he visitado a tantos enfermos a los que quise dar una palabra de consuelo y de los que recibí el testimonio de una confianza inquebrantable en el Señor.

A cuántas personas me ha concedido conocer el Señor: al servicio de los pobres. Hermanos y hermanas que me han acompañado a entrar en lugares, desconocidos para mí antes de mi ordenación episcopal: la cárcel; los centros de rehabilitación de la droga; de protección de menores; de acogida de personas sin techo; de inmigrantes.

Con cuántos buenos hermanos he podido trabajar, codo con codo, en el anuncio del Evangelio, en la celebración de la fe y en el cuidado de la comunidad cristiana. Orando, dialogando, buscando la mejor manera de mostrar a nuestro mundo el rostro amoroso de Dios, manifestado en Cristo Jesús.

El Señor es bueno y nos permite gozar de su bondad, que nos llena y nos hace rebosar para que la comuniquemos a los demás. Miremos a la Familia de Nazaret. La bondad de Dios se refleja en ella, en el maravilloso ejemplo de su amor mutuo y de sus actitudes: la humildad de José, la contemplación de María y la obediencia del Hijo.

III. “Su misericordia es eterna”.

La bondad de Dios queda muchas veces ensombrecida por el pecado del hombre. En nuestra vida experimentamos también la debilidad, las limitaciones, los errores. Pero Dios no se deja vencer. Su misericordia acoge y perdona, renueva y salva. Él siempre  nos da la mano y nos ofrece la posibilidad de comenzar de nuevo. Escucha nuestras súplicas y atiende a nuestros ruegos. Él, que perdona todas nuestras culpas y levanta del polvo al desvalido, nos enseña a actuar como Él. “Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso” (Lc 6, 36), nos dice Jesús.

Que lección tan importante para nuestras familias, hoy y siempre. Aprender a perdonar; darnos la oportunidad de comenzar de nuevo; sostenernos en nuestra debilidad; ser pacientes y saber esperar. Esto es lo que Dios hace con nosotros, y es la pauta que debemos seguir. Así reflejaremos la misericordia de Dios, y nuestro amor mutuo podrá madurar y aquilatarse.

También yo, queridos hermanos y hermanas, necesito hoy pedir perdón a Dios y acogerme a su misericordia. Tengo conciencia de mis propios límites y debilidades, y por eso os pido también perdón a vosotros, por las veces que no he transparentado al Buen Pastor. Solicito vuestra ayuda para que oréis por mí, de manera que en una conversión constante, avance por los caminos del Evangelio, sostenido por la entrañable misericordia de nuestro Dios.

IV. “Su fidelidad por todas las edades”.

Dios es siempre fiel: cumple sus promesas y mantiene su amor perpetuamente. Jesús, el Hijo de Dios, es el testigo fiel, el que, obediente a la voluntad del Padre, llegó hasta la muerte de cruz.

En Jesús todo es un “sí”. En el Evangelio de hoy hemos escuchado sus palabras: “He de ocuparme de las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49). Toda la vida de Jesús expresa su fidelidad. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4, 34), dirá un día a los Apóstoles. Y en la noche de Getsemaní orará con las palabras que siempre nos impresionan: “Padre…no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14, 36). Y un instante antes de morir dirá: “Está cumplido” (Jn 19, 30). He ahí la expresión suprema de fidelidad.

Esta fidelidad la vemos reflejada en la Sagrada Familia. María es la Virgen fiel: mantuvo siempre el sí de Nazaret, hasta estar de pie junto a la Cruz de Jesús. Aunque en algunos momentos no entendía, “guardaba en su corazón” (cf. Jn 2, 51) las cosas de Dios, escuchaba la Palabra y la cumplía. También José, con humildad y sencillez, en silencio, “hizo lo que el Señor le manifestó a través del ángel” (Mt 1, 24).

La fidelidad hoy está a prueba. La falta de convicciones firmes, los oportunismos de todo tipo, los compromisos a plazo corto, la falta de dominio de las pasiones hacen a la fidelidad muy vulnerable. Es necesario que las familias cristianas trabajen por la fidelidad, apoyándose en el amor fiel y eterno de Dios, único cimiento que puede sostener nuestra vida.

Nos unimos a tantas personas, que en estos momentos,  en Madrid, escuchando la voz del Papa, manifiestan que el futuro de Europa  pasa por la familia, y que la Iglesia no puede permanecer indiferente ante tantos problemas que amenazan a la familia cristiana.

Para vosotras, familias, y para mí, esta fiesta es un “desafío”, una oportunidad para renovar nuestro compromiso de fidelidad. Fidelidad matrimonial y fidelidad sacerdotal. Nuestra vocación es amar, entregando la vida para dar vida. La fidelidad es el amor que se mantiene a través de la prueba del tiempo y del sufrimiento.

Deseo agradecer vivamente al Santo Padre Benedicto XVI la delicadeza que ha tenido conmigo, escribiéndome una carta personal con motivo de esta celebración -al final de la Eucaristía se os leerá-. Quiero subrayar de ella un mensaje breve y precioso que nos dirige a la Diócesis: “Caminad, carísimos, alegres y fuertes en la luz de Cristo”. A mí me encarece a dar gracias a Dios y a proclamar su bondad. Es lo que estamos haciendo, de todo corazón en la celebración de esta Eucaristía. Pido la intercesión de San Juan Evangelista, el discípulo amado, en cuya fiesta fuí ordenado obispo, para que me ayude a mantener mi cabeza siempre reclinada sobre el pecho del Maestro, y a proclamar con valentía la presencia del Resucitado en medio de nosotros. Que la Virgen María me preste las palabras y los sentimientos de su Magníficat para darle gracias, con vosotros, al Señor. Amén.

α José Vilaplana Blasco

Obispo de Huelva

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